Estamos ante un acontecimiento importantísimo para la construcción del Reino, pues esta JMJ se vio evidentemente potenciada por el efecto "Papa Francisco". Con alegría y sano orgullo reconocemos que el mundo entero está conmovido por la llegada del Papa del "fin del mundo" y su mensaje (a través de palabras y gestos) moviliza aún a los no cristianos. Todos estamos a la espera de este acontecimiento, que será a su vez el punto de partida de lo que han llamado el "evangelio social", tan necesario para una Iglesia cercana al mundo y sobre todo en la realidad latinoamericana. El Papa no se predica a si mismo, por el contrario está tratando de imitar, en parte al menos, los pasos ya dados por Jesús hace 2000 años atrás por los caminos de Palestina. Es decir que Bergoglio no está inventando nada... PERO QUE FALTA QUE HACÍA QUE ALGUIEN RECUPERARA CON ESTA CLARIDAD LOS PASOS DE JESÚS!
Te invito a comentar y compartir todo lo que quieras y te llame la atención de estos maravillosos días de encuentro en Río. Que el amor de Dios nos siga acompañando e impulsando!
"Somos catequistas" intenta ser un espacio de comunicación y de compartir recursos para la difícil y apasionante tarea de trasmitir el Evangelio. Periódicamente se irán agregando nuevos elementos para la reflexión y la tarea. Lo incluído no apunta a la uniformidad sino a la unidad en la diversidad, el debate, la valoración de la opinión del otro. Por ende es importante la participación con el voto, el comentario o el envío de material (lito.balabanian@gmail.com) Bienvenidos.
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En el año de la Fe, mirémonos para crecer (V)
Lo que vivimos:
Eje “moral”
No pocas
veces, los no cristianos nos ven a los que queremos transmitir a Jesús, como
una suerte de “la voz de la conciencia”, los que decimos cómo hay que vivir,
sentenciando desde nuestra moral, las conductas de los otros. Esta actitud
moralista, termina marcando nuevamente la diferencia entre “los puros y los impuros”,
“los de adentro y los de afuera”, los que nos vamos a salvar por nuestra “moral
cristiana” y los que se tienen que convertir urgente haciendo lo que nosotros
le decimos. Lejos de seducir a las personas hacia Cristo, las suele atrincherar
en su “a mi déjame así que estoy bien”,
basados en un “¿y éstos, quién creen que
son?”, y tentados a dejar en evidencia nuestra hipocresía, enumerando o
imaginando (dependiendo del grado de conocimiento que tengan de nuestras vidas
privadas) los errores que, como todo ser humano, cometemos.
Evidentemente,
en esta suerte de evangelización mal entendida, influye nuevamente qué imagen
de Dios tenemos. Si el Dios en el que creemos, dicta sentencias morales a
cumplir y castiga a los que transgreden y premia a los que cumplen, es de
entender que el que cumple estas leyes impuestas desde afuera (en este caso por
Dios), crea que es más que los demás y desee (aún con buena intención) que los
demás actúen como él, para que Dios frene el castigo que les corresponde y los
premie por sus méritos. Pero una vez más necesitamos preguntarnos: ¿es éste el
Dios en el que creemos? Si la respuesta es no: ¿en qué nos basamos? ¿Por qué
hay cristianos que creen que debe ser así? ¿De donde parte la confusión? De
nuevo intentaremos, de acuerdo a la intención de este libro, dar respuestas
sencillas, con plena conciencia de que es sólo un recorte de lo mucho y
profundo que podría decirse. Pero aún así, con la convicción de lo que
afirmamos y lo que buscamos con esta propuesta, les compartimos nuestra mirada…
La moral del
Antiguo Testamento
Al hablar de
la Revelación y la Alianza, comentamos cómo se fue descubriendo a Dios
progresivamente en el seno del pueblo de Israel, y cómo se podía expresar la
relación con este Yahwéh que quería hacer Alianza con su pueblo. Y recurrieron
a un género literario propio de la época (siempre para hablar de Dios, el
hombre recurre a su lenguaje humano, pues no tiene otro), los pactos de vasallaje que se ponían por
escrito y se leían a los pueblos intervinientes (el victorioso que dominaría,
por un lado, y el que perdió la batalla y acepta ser vasallo (súbdito) del otro).
Este modo de expresar la Alianza de Dios con su pueblo, era muy primitivo y
limitado, pues acota el Amor de Dios a una relación basada en el cumplimiento
de leyes, fría y moralista, que refleja a un Dios severo con quien transgrede.
Hemos recorrido la progresión de la Revelación (cómo Dios paciente y pedagógicamente
se fue “mostrando” de a poco) a lo largo de la Biblia, hemos sacado una
conclusión que repetimos como para que no queden dudas: quedarse anclado en los textos antiguos, sin verlos en su contexto
histórico, ni ver la plenitud de la Revelación que nos regaló Dios mismo
asumiendo la naturaleza humana, es un grave error, teológico, bíblico, y pastoral.
Que quiero
decir con todo esto: ¿no sirven más los mandamientos?, ¿no existe acaso una
moral cristiana?, ¿cuál es, en todo caso, la moral que el Hijo de Dios nos
trajo, llevando lo limitado y antiguo hacia la plenitud? Veamos…
Mandamientos
y Bienaventuranzas
La moral
cristiana no está basada únicamente en los Mandamientos[1]
(válida expresión de la Antigua Ley), sino en las Bienaventuranzas[2].
Pero una expresión no anula a la otra, sino que la complementa, la eleva, le da
un sentido nuevo (incluso más exigente), que me impulsa y no me deja quieto en
la construcción del Reino. Si en las raíces de la Revelación, el pueblo decía: no
hay que hacer a los demás lo que
no te gusta que te hagan, en la Ley del Amor será: hay que hacer por el otro lo que te gustaría que hicieran
por ti. Los mandamientos son lo que no
hay que hacer, y esto sigue siendo válido para todos los tiempos, pues son
el piso desde donde arrancamos una moral básica y lógica, pero Jesús me invita
a no quedarme en “no hacer el mal”, sino que me impulsa a “hacer el bien”, que
no es lo mismo. Una ley me prohíbe lo malo, la otra no la anula, sino que desde
ese actuar básico (evitar el mal) me dice que seré “Feliz” (Bienaventurado) si me
animo (aún arriesgándome) a hacer el bien. Esto intentó Jesús transmitir desde
el pie de un monte (así como Moisés enunció la antigua Ley al pueblo al pie del
monte Sinaí), al decir “ustedes oyeron…”
citando textos de la Ley antigua, y agregaba “pero yo les digo…” y nos dejó una ley mucho más exigente, pues no
me instala en la comodidad del cumplimiento, sino que me llama a la
construcción del Reino. Nueva Ley que me convierte, de ser un fiel observante
de las prescripciones, a un Testigo del Amor de Dios hacia la humanidad. Para
la persona que ama “el amor es la ley
suprema de su vida (ley interior, ley del corazón) y a la que subordina toda
otra ley (mandamientos,…, tradiciones, costumbres).Pero esto no implica
contradicción, en principio, porque todas las leyes brotan del amor… Cuando San
Agustín decía –Ama y haz lo que quieras- resumía una moral y no predicaba un
laxismo de las ganas”[3]. Por eso Jesús,
comienza su discurso (conocido como el “Sermón del monte”) proclamando las
Bienaventuranzas y lo finaliza dando la posibilidad de construir sobre la
“Roca” que es su Palabra[4].
Más que una enumeración de preceptos, la Moral cristiana es un estilo de vida
para el hombre, el que nos propone Jesús de Nazareth, no encerrado en un
cumplimiento individual y evasionista, sino en una apertura a Dios y a los
demás, por eso “…justamente Jesús fue
hombre en su máxima expresión: -Aquí tenéis al Hombre- (Jn. 19,5), el proyecto
definitivo y último del “ser hombre”. Con su actitud nos está diciendo que
cuanto más nos abrimos a los otros y al Gran Otro, cuanto más libres somos para
los otros y para el Gran Otro, más nos convertimos en personas”[5].
Pero aún así,
pareciera no dejar de ser algo a cumplir… salvo por un “detalle”: la verdadera
motivación de dicho “cumplimiento”. Para entender esto, debemos descubrir que la
moral cristiana es una moral de respuesta. Para ello, es imprescindible haber
descubierto la Buena noticia. Un Evangelio que toca, transforma y da sentido a
nuestras vidas, que nos revela a un Dios que nos ama profunda e
incondicionalmente, y por todo esto, provoca en nuestro interior un deseo de
responder con amor al Amor. Por eso, la moral cristiana no es un cumplimiento
jurídico ante un Dios que me puede castigar o premiar, sino que tiene su
motivación más profunda y verdadera en el Amor. Juan Pablo II nos recordará en
una de sus encíclicas[6] a
San Agustín preguntándose: “¿Es el amor
el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la observancia de los
mandamientos la que hace nacer el amor?”. Y responde: “Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En
efecto, quien no ama está sin
motivaciones para guardar los mandamientos”.[7]
Llevándolo
al plano de las opciones personales, podemos agregar que mientras sea una moral
impuesta desde afuera (extrínseca), no tendrá consistencia ni generará perseverancia.
Es lo que se denomina “moral heterónoma”. En cambio, cuando la moral es
respuesta firme, que surge del interior (intrínseca) de un corazón que se
reconoce amado, tendrá la entereza de la propia decisión, que expresa un
sentido encontrado en el Amor. Es lo que llamamos “moral autónoma”. Será
entonces, una opción fundamental.
Pastoralmente,
se puede caer en el error de ubicar la liturgia y la moral, antes que la Buena
nueva (Evangelio). Por un lado, quedó claro que no puede celebrarse lo que no
se conoce, por eso la Liturgia es la celebración de la fe ya descubierta. Por
otro, la moral cristiana no surge de la conducta de cada uno que provoca que
Dios nos ame, sino que es el Amor primero de Dios que suscita en nuestras
vidas, una respuesta humilde, agradecida, comprometida y amorosa.
Volviendo a
los cuestionamientos del principio: ¿qué
es lo que tenemos que transmitir? No quedan dudas: el Evangelio, y no un conjunto de leyes a cumplir; una Buena Noticia, y no una moral que
cargue en los hombros de los demás, cosas que a nosotros se nos suelen caer; un testimonio de amor, con la humildad
del que se sabe igual al otro y quiere que juntos experimentemos el amor de Dios
y la vocación de construir un mundo mejor; un
sentido profundo; una felicidad
posible; un Amor eterno…
entonces, la moral cristiana brotará de
cada corazón amado.
[3] BRUNERO,
María Alicia. “La moral de los cristianos
no es un yugo”. Ediciones Didascalia. 1998. Cap. 15, pág. 203.
[4] Este “Sermón del monte” lo encontramos en el evangelio de Mateo en
los capítulos 5, 6 y 7. Cómo Mateo dirige su evangelio a los cristianos
provenientes del judaísmo, es programática la comparación entre la antigua ley
y la nueva ley que trae Jesús. Si bien se percibe en toda su obra, en estos
capítulos es mucho más explícita.
En el año de la Fe, mirémonos para crecer (IV)
Lo que
celebramos:
Eje “celebrativo”
Toda expresión religiosa del hombre a lo largo de la
historia, incluye de algún modo el “rito”, la celebración de lo que se cree, en
donde el poder de lo simbólico ayuda a cargar de sacralidad lo cotidiano. Los
signos expresan veladamente (pero realmente) los canales abiertos entre el
hombre y la Divinidad. Nuestra fe no está exenta de este marco celebrativo,
instituido por Jesucristo, celebrado por los primeros cristianos ya desde los
orígenes de la Iglesia y continuado hasta hoy, por el mismo Pueblo de Dios, a
través de lo que llamamos Liturgia.
Pero el hombre puede perder de vista el sentido profundo
y verdadero de esta hermosa posibilidad humana de celebrar nuestra fe. No es
intención de este libro hacer un tratado de Liturgia ni mucho menos (para
conocer más sobre esto abundan los libros que analizan y ayudan a aplicar la
renovación litúrgica del Concilio Vaticano II), sólo intento que re-descubramos
juntos el deseo de celebrar.
El primer paso (necesariamente acotado en este libro, pero
esencial) está dado en los ejes anteriores: ¡hay mucho que celebrar! El Dios en
el que creemos es dador de Vida, pero no sólo de impulso biológico, sino que
nos dio su “aliento” de vida[1],
somos su imagen, nos hizo a su semejanza[2], “poco inferior a los ángeles”[3], Ninguno de nosotros está en la vida por
casualidad. Fuimos queridos por Dios. Y somos sostenidos en la existencia por
su infinito Amor hacia cada uno de nosotros. Ahora bien, dijimos que además
nos creó con un deseo de búsqueda de Aquello
que nos sacie nuestro anhelo de felicidad, pues quiere que la hallemos. Pero no
se contenta con el esfuerzo humano por encontrarlo, sino que sale a nuestro encuentro para revelarse, de
modo que podamos encontrar respuesta a nuestras preguntas existenciales y de
ese modo encontrar las razones para vivir y ser feliz. Dios es también
dador de sentido de la Vida. Pero la originalidad de nuestra fe encuentra su
expresión cumbre en el hecho de que creemos en un Dios que se hizo hombre, para
salvarnos desde nuestra propia realidad, hacerse visible de tal manera que su
Revelación llegue a la Plenitud. Locura inadmisible para muchos[4],
“locura” de Amor para nosotros, de la cual la Cruz fue su máxima expresión.
De cualquier modo, todo hubiera quedado trunco sin la
Resurrección de Jesús. La Pascua de Cristo es la que le da sentido a todo[5].
De allí brotan los canales de gracia que Jesús dejó para nosotros y que la
Iglesia administra en el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo[6].
La Pascua llena de sentido nuestras vidas, pues si tenemos esperanza de
encontrarnos nuevamente con nuestros seres queridos que han fallecido, es por
la Pascua de Cristo, si la propia vida no se termina en la tumba, (y por ende
es más fácil enfrentar las cruces que nos pone la vida), es por la Resurrección
de Jesús. Por eso transmitimos el kerigma[7] en
relación íntima con la vida concreta. Pero además (y siguiendo con los motivos
para celebrar), sabemos que Dios respeta nuestra libertad, sin abandonarnos a
nuestra suerte. El Dios en el que creemos, nos acompaña en el camino, hasta que
nos regale la plenitud eterna que esperamos. A toda esta suerte de resumen humilde
(y casi irrespetuoso de mi parte al pretender sintetizarlo en pocas líneas) de
nuestra fe, habría que agregar dos cosas no menos importantes: las vivencias
personales del Amor de Dios hacia nosotros, y los motivos de alegría humana que
toda persona tiene si sabe buscar en su historia personal (pero esto,
obviamente, se lo dejo a cada lector). A esta altura, cabe preguntarse:
¿alguien puede dudar de todo lo que hay para celebrar?
Ahora bien, “celebrar”
y “cumplir” empiezan con la misma letra, pero ésta es su única similitud.
Cuando la fe personal se mide por la cantidad de misas a las que asistimos, o el
compromiso de “la gente” lo juzgamos por su asistencia a las celebraciones
dominicales (con la consiguiente crítica hacia afuera, es decir de “los que vienen a misa” hacia “los que no vienen”) es, al menos un
reduccionismo impresionante de lo que Jesús transmitió en los caminos de
Palestina. Si “asistimos” a las celebraciones sacramentales, sólo por “cumplir
con la Iglesia y sus preceptos”, mirando de reojo al que no va, u observando críticamente
al que va pero no sabe responder a una oración, o desconoce en qué momento debe
pararse o sentarse, podríamos asegurar que el fariseísmo no acabó…
Yo necesito alimentarme de Jesús, pues descubrí que no
puedo enfrentar sólo la vida… Y Él me regala en cada Eucaristía su Cuerpo y su
Sangre.
Deseo profundamente dar mi respuesta libre y “sumergirme”
en la Salvación que gratuitamente ya me regaló… Y Él me dejó el Bautismo.
Descubrí su inmenso amor y quiero proclamarlo al mundo (o
por lo menos a mi “porción de mundo”)… Y Él me impulsa a través de su Espíritu
en la Confirmación y me convierte en su testigo.
Tanto Dios como yo sabemos que me voy a equivocar una y
mil veces (o setenta veces siete[8])…
Y Él me deja abierta la posibilidad de la Reconciliación…
Y podríamos seguir enumerando pero siempre vamos a llegar
a lo mismo: Dios sabe que lo necesito, y ahí está, acompañándome como Buen
amigo[9],
sin hacer el camino por mí, pero dándome la fuerza necesaria para seguir
adelante.
Me gozo en descubrir a un Dios que es comunidad de Amor y
junto a mi Pueblo (comunidad, por ser imagen de Él) celebro la dicha de
sentirme amado.
Por algo, la Iglesia propone una participación de los
fieles en la Liturgia consciente, activa
y fructuosa[10],
sin la cual sólo estaríamos ante cumplimiento de un rito vacío de
significatividad vital. Por algo también el Concilio insistía en la adaptación
de la liturgia a las culturas[11],
y en la simplificación de los ritos[12]
Lejos todo esto de un cumplimiento burocrático
sacramentalista, en el cual se puede caer con facilidad cuando se nos desdibuja
el verdadero rostro de Dios. Es cierto que hay normas y rúbricas[13], y
que muchas de ellas tienen un bello sentido simbólico (que hay que enseñarlo y
no darlo por supuesto), pero cuando las formas son más importantes que la
esencia, perdimos el camino…
Quizás, debamos volver a leer lo que Lucas en el libro de
los Hechos de los Apóstoles nos muestra de las primeras comunidades[14],
en donde no aparece la palabra cumplimiento, ni condenación, sino que en el
centro del relato se puede encontrar la mención a la alegría y sencillez de
corazón. Finalmente, la celebración de nuestra fe brota espontáneamente (como
toda respuesta de amor al Amor), de nuestros corazones y se expresa a través de
la Liturgia, como Pueblo unido y diverso
que refleja la imagen de nuestro Dios:
Uno y Trino, dador de Vida y Amor.
Por algo San Pablo, lejos de plantearlo como una carga, y
aún sufriendo la prisión por anunciar a Jesús, le escribe a su amada comunidad
de Filipos: “Alégrense siempre en el
Señor…El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier
circunstancia recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de
gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces, la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará
bajo sus cuidados los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”.[15]
[7] “Primer
anuncio”, que en los albores de la Pascua y en boca de los apóstoles fue un -“¡está vivo, resucitó!”-
[8] Cfr.
Mt. 18, 21-22. Teniendo en cuenta el valor simbólico del número siete para los
judíos (7= plenitud), la exageración en la respuesta de Jesús podría
“traducirse” como un simple “siempre”.
[13] Los
libros litúrgicos tienen unos escritos (rúbricas) en distinto color que dicen
cómo se tienen que hacer las cosas en cada momento de la celebración. Son
necesarias y cada una de ellas tiene un sentido, pero la importancia
desproporcionada dada estas indicaciones por encima de lo fundamental, es una
distorsión de la Liturgia conocida como “Rubricismo”.
En el año de la Fe, mirémonos para crecer (III)
Eje “Alianza”
La
Revelación de la que hablamos, no tiene
un objetivo divino emparentado sólo con el conocimiento de respuestas a
preguntas existenciales, sino que apunta a llevar a los hombres a una comunión
con Él. A éste llamado de Dios a relacionarse de modo íntimo con Él, la
Biblia la llama: Alianza. Dios le muestra al hombre a través de los tiempos
cómo es Él y cuál es su voluntad para que sea posible un pacto de amistad, una
comunión amorosa que lleve al hombre a la felicidad. Es decir que así como la Revelación se puede relacionar con la
Verdad, la Alianza está sostenida por el Amor. La primera, tiene su sentido
dirigido hacia la segunda. La Verdad revelada está en función de una comunión
de Amor.
Pero ¿cómo
está expresada esta Alianza en la Biblia? ¿Cómo se ve la progresión de la
Revelación de la que hablamos anteriormente en el concepto “Alianza”? Y
volviendo a objetivo central de este libro: ¿Cómo es “este Dios” que quiere
hacer alianza con el hombre?
El Pueblo de
Israel, a través de los acontecimientos vividos, llegó a esta certeza. Dios
quiere hacer un pacto (berit en
hebreo) con ellos. Llegan a esté convencimiento (el de un Dios que los salva y
hace alianza con ellos) antes incluso a que lo descubran como “creador”. Para
definir esta realidad trascendente (y por ende difícil de poner en palabras
humanas), parten de las alianzas que conocen entre los hombres (acuerdos entre
países hermanos[1], pactos de paz[2],
de amistad[3],
matrimoniales[4], etc.)[5].
Pero en todos estos casos, eran pactos entre iguales; y el de Dios y los
hombres (que era el pacto que el pueblo quería expresar) evidentemente era
entre partes desiguales. Quizá por este motivo, al narrar por escrito la
alianza del Sinaí, se utilizó una forma literaria propia de los pactos humanos
de “vasallaje”. Muy conocidos para los pueblos que sufrían en esa época
numerosas guerras, invasiones y enfrentamientos entre sí. El rey vencedor
(representando a su pueblo) ofrecía un pacto al rey vencido en lugar de la
aniquilación total (o el pacto era pedido por el rey vencido ante la certeza de
la inminente derrota). Cuando estas alianzas de vasallaje se ponían por
escrito, tenían un orden y estilo literario que es el mismo que utilizó el
pueblo de Israel para expresar la alianza del Sinaí[6].
Evidentemente que la relación entre Dios y su pueblo no era lo mismo que la de
un pueblo que domina a otro. Pero los escritores sagrados encontraron en el
estilo de los pactos de vasallaje, un modo de relatar algo que supera nuestra
posibilidad de explicación con palabras humanas: ¡el Dios Todopoderoso poniéndose a nuestra altura para invitarnos a pactar
con Él!
La Alianza
del Sinaí, como complemento y culminación de la Pascua judía (la liberación del
pueblo de la esclavitud egipcia) representa una realidad profunda y
maravillosa, como su fórmula lo indica “Yo
seré vuestro Dios y ustedes serán mi pueblo”[7] Un
llamado a la comunión y a la intimidad que movió los corazones y motivó la
fidelidad absoluta al Dios que salva. Pero al estar expresado en términos jurídicos
(siguiendo el estilo de los pactos de vasallaje) tenía sus límites y peligros:
que se caiga en una relación con Dios de mero cumplimiento, que se actúe por
miedo a un castigo (maldición) o a la espera de una recompensa (bendición), que
el pueblo judío crea que Dios y su acción salvadora es sólo para ellos
(“exclusivismo”), que se piense que la salvación personal depende de nuestras
acciones (no es Dios el que me salva sino uno mismo al cumplir con La Ley), que
se divida a la gente entre los “benditos” y los “malditos” (con la consiguiente
soberbia de algunos y la marginación de otros), y podríamos seguir citando… A
esta altura y haciendo un paréntesis en el relato para volver a nuestros días,
debiéramos preguntarnos: ¿Es ésta la máxima expresión de Dios en la Biblia? ¿Es
este modo jurídico de relacionarnos con Dios, el que debe imperar hoy en
nosotros?
Evidentemente,
esta alianza no implicaba lo definitivo, era parcial y preparatoria para una
nueva y plena (recordar lo dicho sobre la Revelación progresiva en el Antiguo Testamento),
y los que percibieron esto fueron los profetas. Es así como la alianza entre
Dios y su pueblo, en boca de los profetas se fue cargando de afectividad, perdiendo
progresivamente su carácter jurídico y acercándose mucho a lo que Jesús nos
mostraría. Sería largo enumerar todas las imágenes que nos regalan los profetas
en textos hermosos. Aquí van algunas de ellas, a modo de ejemplo (y los invito
a leer los textos citados para captar la belleza de lo expresado): Dios es como
una Madre que no abandona[8], Dios
es el Pastor y el pueblo su rebaño[9],
Él es como un Padre que alza cariñosamente a su niño y lo pone contra su
mejilla[10],
como un esposo fiel que perdona la infidelidad de su esposa[11],
y la lista podría seguir…
A su vez, el
pueblo fue percibiendo (de modo especial como ya hemos dicho a través de los
profetas en torno al doloroso exilio en Babilonia), que ante la infidelidad del
pueblo la Alianza del Sinaí no alcanzaba para liberar al pueblo de su pecado,
pero Dios sigue siendo fiel. Basados en la certeza de esta fidelidad divina,
comienzan a anunciar una Nueva Alianza, de la cual la del Sinaí sólo fue una
preparación. La “Ley” de esta Nueva y misteriosa Alianza estará dentro de cada
uno, escrita por Dios en cada corazón, todos conocerán plenamente a Dios, que
habrá perdonado a los hombres, de una vez y para siempre[12]. A
través de esta Nueva Alianza, Dios nos purificará de tal modo que “nos
arrancará el corazón de piedra y nos pondrá uno de carne”, infundirá su propio
Espíritu en nosotros, y como muestra de su fidelidad (a pesar de la infidelidad
del pueblo a la alianza del Sinaí), repetirá la frase ya nombrada
anteriormente, que cual dulce letanía acompañó siempre la propuesta de la
Alianza “Ustedes serán mi Pueblo y Yo
seré su Dios”[13].
También es
de notar que, a las profecías mesiánicas, que daban cuenta de que el Ungido[14]
sería un Rey descendiente de David[15],
se le agrega un matiz absolutamente novedoso, a través de un personaje misterioso, un Siervo sufriente, un
Servidor de Yahwéh[16]. Cuatro
poemas o cánticos del “déutero-Isaías”[17]
nos dejan este anuncio maravilloso que anticipa notablemente la pasión, muerte
y resurrección de Jesús. Más allá de la intención del autor en el momento
histórico[18], los apóstoles aplicaron,
cinco siglos después, estos textos a Jesús mismo[19].
El Salvador, no lo sería sólo para Israel: se proclama la universalidad de la
salvación. Por otro lado, sin dejar de ser un Rey victorioso, su triunfo pasará
por un juicio injusto, las torturas, el sufrimiento... Se lo consideraba
castigado por Dios, cuando en realidad, por sus heridas éramos sanados. Será
hundido en el polvo de la muerte, pero verá la Luz[20].
Uno que ya
conoce la Alianza nueva y eterna que trajo Jesús, podría pensar que habría sido
muy difícil para el pueblo judío de hace 2000 años atrás, pasar de golpe de una
alianza de cumplimiento a una de amor cómo la que predicó Jesús. Pero dijimos
que Dios se fue revelando progresivamente, y esa paciente pedagogía divina fue
preparando al pueblo, acercándolo, a través de los profetas, a lo que Cristo
traería. Sin embargo, gran parte del pueblo se aferró más al aspecto legal de
la antigua alianza que a lo que los profetas predicaron. Y esto es palpable en
los relatos evangélicos, tanto en el esfuerzo de Jesús por quebrar estas
estructuras caducas e injustas, como en la dificultad de muchos en aceptar un
mensaje que requiere un cambio de mirada hacia Dios y su relación para con
nosotros.
Para
entender la profundidad de la Nueva Alianza, habría que leer y comprender cada
versículo de los evangelios, y aún así no llegaríamos a captar toda su hondura,
pues Dios es inabarcable para nuestra capacidad humana. Uno supone que los
lectores de este libro, conocen, en buena parte al menos, los relatos de los
cuatro evangelios, pero de no ser así, los invito a leerlos y “gustarlos”, pues
ellos les otorgarán por sí mismos mucha más luz que la que pueda aportar este
humilde escritor (que lo único que hace es basarse en ellos).
Pero si bien
es imposible en esta obra analizar en profundidad los mismos, podemos sacar
algunas conclusiones tomando en cuenta el sello de la Nueva Alianza que Jesús
formula la noche anterior a su muerte y realiza decididamente el día siguiente
en la cruz[21].
El evangelio
de Marcos[22] nos relata la última cena
de Jesús con sus discípulos, en la cual, el Maestro realiza el enigmático signo
de bendecir, partir y repartir el pan diciendo que es su Cuerpo, y lo mismo con
la copa de vino, dando gracias y entregándola para que todos beban de ella
diciendo que es su Sangre. Hasta aquí sus palabras resultarían absolutamente
inentendibles, más allá de la utilización de signos ya conocidos por los judíos
en el contexto de la Pascua[23], pero
deja una pista clave para la comprensión: “Sangre
de la Alianza, que se derrama por muchos”[24]. Es decir, este
gesto de Jesús es la síntesis de todo lo que dijo e hizo en los años
anteriores, es la conclusión de lo anunciado, lo que vino a traer: una Nueva Alianza.
La misma será sellada con una Sangre que será derramada por muchos, hecho que
ocurriría sólo unas horas más tarde…
En el texto
paralelo del Evangelio de Mateo[25]
vemos que se agrega al relato anterior que la sangre derramada por muchos es
para el perdón de los pecados.
En Lucas[26]
Jesús explicita que el Cuerpo que está invitando a comer, será entregado,
volviendo a unir este gesto sacramental con lo ocurriría al día siguiente en su
pasión. También lo instituye como memorial, pidiendo que se haga en memoria
suya. Por último, hay un detalle no menor: el “para muchos” se hace más personalizado, convirtiéndose, en un
directo y cercano “por vosotros”.
Juan no
cuenta este hecho de la última cena (cuenta otros también importantes y
significativos como el “lavatorio de los pies” o “el mandamiento del Amor”
entre otros[27]), pero el que hace
mención también de este momento es Pablo en la Primera carta a los Corintios[28].
Él explicita lo ya dicho con anterioridad, Jesús con su Sangre derramada “sella”
la Nueva Alianza, que será proclamada cada vez que se realice este Memorial
hasta que Él vuelva.
A esta
altura, queda claro que en el “por
vosotros” estaba cada uno de nosotros, la Nueva Alianza es de Dios hacia
mí, es un Pacto de amistad propuesto por alguien que nos deja un testamento[29],
nos convierte en herederos de su Perdón, de su Gracia, de su Amor hasta el extremo.
Lo realizado por Jesús en la última cena, no es un rito con un contenido
conceptual a aprender, implica una acción concreta que será llevada a cabo al
día siguiente. Un Dios, que no sólo me llama amigo, sino que da la vida por mí[30]. Un Dios que se hace garante de la Alianza
pues conoce mis infidelidades y la sella con su propia Sangre, por seguir fiel
a su misión hasta el final. Un Dios que hace que mi corazón rebalse de Amor. Un
Amor que no me puedo guardar, y si entendí todo lo que Jesús dijo e hizo hace
dos milenios atrás, el mejor modo de retribuírselo es amando a los demás…
La reflexión
apostólica del primer siglo profundizará el conocimiento de la Nueva Alianza[31],
crecerá la certeza de la universalidad de la Salvación, siendo depositario (heredamos, custodiamos y transmitimos
algo que no es de nuestra autoría, ni nos pertenece con exclusividad) de la
misma el nuevo Pueblo de Dios[32].
Somos un Pueblo que no se proclama a sí mismo, sino que predica el Reino. Un
Pueblo libre, por la ley del Espíritu[33],
que nos hace llamar a Dios “Abba” es decir “Papá”[34],
pues somos hijos de Dios y sus herederos, coherederos con Cristo[35]. ¡Enorme
muestra de su Amor!, y con la promesa de llegar a ser, cuando se manifieste
nuevamente, semejantes a Él, pues lo veremos tal cual es[36].
Somos la
continuación de Cristo en la historia, para proclamar al mundo esta Alianza de
Amor. Si por el contrario, proclamamos la Antigua Alianza (sólo mandamientos,
Dios castigador, relación de cumplimiento con Él, buscando los premios y
evitando los castigos, salvación por acumulación de méritos y no por gracia de
Dios, separar el mundo en “los de adentro y los de afuera” es decir “los puros
y los impuros”, discurso moralizante con ausencia de la Buena noticia, etc.)
estaremos lejos de la hermosa vocación que Jesús le dio a su Iglesia[37].
En cambio, si nos convertimos testigos de su Evangelio, seremos profetas
del sentido profundo que tiene la humanidad en Cristo, un Sentido que
el mundo en general busca ardientemente aún sin saberlo. Sólo así, seremos, como
dice el libro de Apocalipsis, una “ciudad santa”, una “novia embellecida para
recibir a su Esposo”[38] y
podremos “oír desde el cielo” “Ésta es la
morada de Dios entre los hombres, Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo,
el mismo Dios estará con ellos. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más
muerte, ni pena, ni queja, no dolor, porque lo de antes pasó”[39]. Y aquella
antigua fórmula de la Alianza, que recorre transversalmente toda la Biblia “Yo
seré su Dios, ustedes serán mi Pueblo” llegará a su máxima expresión, cargando
de Amor y sentido cada una de nuestras vidas: “Ésta será la herencia del vencedor: Yo seré Dios para él y él será hijo para mí”.
[1] Cfr. Am. 1,9
[2] Cfr. Gén.
14,13; 21,22ss; 1 Re. 5,26; 15,19; entre otros.
[5] Para profundizar el
recorrido bíblico de la alianza, sugiero consultar LEÓN-DUFOUR X. Vocabulario
de Teología bíblica. Biblioteca Herder. Artículo “Alianza” pág. 59
[6] Estos pactos generalmente
comenzaban con una “presentación del rey vencedor” y un “recuerdo de favores
pasados” (Cfr. Éx. 20,2), continuaban con una serie de “cláusulas o normas” a
cumplir, entre las cuales no debían faltar “el respeto y las lealtades al rey
vencedor” (Cfr. Éx. 20,3-17), se “comunicaba al pueblo y éstos se comprometían”
a viva voz a cumplir con lo pactado (Cfr. Éx. 24,3), se “ponía por escrito”, se
realizaba un “ritual” y se erigía un “memorial” (Cfr. Éx. 24,4-8). También se escribían
las “maldiciones” para el que no cumpliese y las “bendiciones” para el que
respete la alianza (Cfr. Deut. 27, 14ss; Lev. 26,3ss.); y las “listas de los
dioses” de ambos pueblos, como garantes de dichas maldiciones y bendiciones
(esto obviamente no aparece en el relato bíblico pues es el único Dios
verdadero el que se hace garante de la Alianza y su cumplimiento).
[15] 2 Sam. 7,12-17; Ez. 34,23-24; Is. 7,13-14; Is. 9,1-6; Is. 55,3; Miq. 5,1-3;
Sal. 89(88),20-38, entre otras.
[16] Yahwéh (“YHWH” en hebreo antiguo, idioma en el cual fue escrito
casi todo el Antiguo Testamento) era el nombre dado a Dios por el Pueblo, basándose en el 3º
capítulo del libro del Éxodo.
[17] Los
estudios bíblicos actuales dan cuenta de que el “Libro de Isaías” en realidad
es la recopilación de 3 obras distintas: una anterior al destierro en
Babilonia, otra durante el mismo y otra posterior. El llamado “déutero-Isaías”
(déutero = segundo) está ubicado en el centro del libro tal cual hoy lo tenemos
y abarca los capítulos 40-55. Es entonces en el contexto del Exilio que aparece
anunciado el personaje en cuestión: el Servidor del Señor.
[18] Se
sigue analizando si el autor pretendía hablar de sí mismo, o de algún otro,
aunque también es muy aceptada la opción de que esté refiriéndose al pueblo
elegido personificado.
[19] Cfr. Mt. 12,15-21; Hech. 3,26;
Hech. 4,27-28; Hech. 26,23; 1 Pe. 2,22-25; Flp. 2,6-11
[22] Marcos
fue el primero en poner por escrito el Evangelio, más allá de que aparezca
ubicado en segundo lugar en el orden de los Libros sagrados del Nuevo
Testamento. Para muchos, Mateo y Lucas se habrían inspirado en él (junto con
otra fuente perdida denominada “Q” y fuentes propias), para elaborar sus
posteriores obras.
[23] La utilización de los panes ácimos (sin levadura) y la sangre del cordero (u otro animal
de ganado) sacrificado, tienen sus raíces en los orígenes del pueblo aún antes
de la celebración de la Pascua judía, pero es sin dudas en ésta, en la que
logran un valor simbólico indeleble.
[24] Mc.14,22-24
[25] Mt. 26,26-29
[26] Lc. 22,19-20
[27] Cfr. Jn. 13,1-17,26
[29] El
Nuevo Testamento fue escrito en griego (el Antiguo en su mayoría en hebreo), el
término hebreo para designar la Alianza en el Antiguo Testamento como ya
dijimos es “berit”, en el Nuevo el vocablo griego utilizado es “diatheke” que
si bien sigue significando un pacto o alianza, implica a alguien que dispone de
sus bienes, es decir algo que es dejado en herencia, un “testamento”.
[31] O la
comprensión progresiva de la Revelación ya dada, con la asistencia del Espíritu
Santo (según donde situemos el término de la Revelación pública, que para la
Iglesia es con la muerte del último de los Apóstoles).
[32] Cfr. 1Pe. 2,1-10
[33] Cfr. Rom. 8,1-2
[34] Cfr. Rom. 8,15
[35] Cfr. Rom. 8,16-17
[36] Cfr. 1 Jn. 3,1-2
[37] Cfr. Heb. 8,6-7
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