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domingo

Salió el libro de unos amigos. Lo recomiendo pues está escrito con el corazón y desde la experiencia personal.

He aprendido... lo "ya sabido"...

He aprendido en estos últimos meses, que hay que disfrutar de cada pequeño instante de esta maravillosa vida... Que cuando anda todo bien, es porque "Dios cuida de los suyos"...
También aprendí que el dolor forma parte de la existencia (ya sea el esperado o el que aparece cuando uno menos lo preveía)... Y si las fuerzas para seguir salen de donde uno no se explica, es porque "Dios cuida de los suyos"...
Es decir que aprendí, que Dios no me libera mágicamente de los problemas, sino que respeta mi libertad y autonomía. Que por ser cristiano no tengo un "campana de cristal que me protege", pero, al serlo, soy consciente de que Jesús me acompaña en el camino, sufriendo con mi dolor, iluminando mi caminar en la toma de decisiones, fundamentando mi esperanza...
He "aprendido a aprender" de la vida, a que la propia experiencia, te abre a comprender la vida de los otros, te ablanda el corazón, y libera a los hombres, firme y amorosamente, de enjuiciar implacablemente a los demás...
He aprendido, también con dolor, lo que le cuesta al ser humano contemplar las miserias expuestas del que abre su corazón, y no comprender que son las mismas que yacen escondidas en lo profundo del propio corazón...
Aprendí, una vez más, que Dios no me prueba, ni me envía castigos por mis errores... Que las cruces son parte de la vida, y aún en ellas uno encuentra el amor de Dios, que respeta mi libertad, que está en la puerta esperando ver (aunque sea de lejos) a su hijo, para correr a abrazarlo...
He aprendido a gozar del reencuentro, de la "resurrección" de la vida que parecía inexorablemente muerta... Aprendí nuevamente a amar...
Que es cierto que "Dios cuida a los suyos", pero sabiendo, como todo Padre, que no hay mejor aprendizaje que lo vivido a través de la libre experiencia... Y que al hablar de "los suyos" hablamos de todos. Y compréndaseme bien, cuando hablo de TODOS, no me refiero a los "practicantes"; ni a "todo católico"; ni siquiera a "los cristianos" en general; ni a los "buenos", sino a todo ser humano...
Y me pregunto: ¿no lo sabía acaso?... Y me respondo: lo acontecido me enseñó a vivir, desde la experiencia y el amor, lo ya sabido...

sábado

El cuento de la semana

El caracolito:
Transcurría el otoño del '96, días en los que percibía dolorosamente, lo que tantos poetas expresaron: la extraña relación entre dicha estación y la melancolía. Aunque yo sabía bien, que mi estado de ánimo no se debía a la caída de las hojas, ni a la escasa presencia del sol, o a añoranzas veraniegas; mi tristeza tenía hondas raíces que la alimentaban...

No quería preocupar a mi familia, ni quería recurrir a mis amigos que ya bastante tenían con sus problemas. Y como el día gris invitaba a la caminata en soledad, decidí recorrer las calles de la ciudad de Burzaco, para conocer el lugar donde pronto iba a tener que dar clases. Cada paso que daba, iba acompañado por un recuerdo amargo, una angustia penetrante ante el entorno que me oprimía, o un sentimiento de no encontrar la salida ante los problemas, pues la tristeza siempre opaca mi esperanza...

Al cabo de unas cuadras, llegué a la plaza de la ciudad, repleta de chicos alegres que se empeñaban con sus risas, en contradecir a tantos siglos de poesía otoñal. Al sentarme en el banco que está justo enfrente a la parroquia, me puse a pensar si no sería conveniente cruzar la calle, e ir al encuentro de un sosiego espiritual. Pero en un rapto de soberbia (pues la desesperanza siempre opaca mi cordura), me dije que si Dios quería ayudarme, que viniera Él a mi encuentro...

Con los ojos brillosos, hundía la mirada en las vereditas internas de la plaza. Las mismas eran de tierra y estaban cubiertas de miles de fragmentos de conchilla, que crujían ante el peso de cada pisada, que con el tiempo los convertiría en polvo. Cuando súbitamente, el recorrido inquieto y sin sentido de mis ojos se detiene en un punto del serpenteante camino, provocando mi asombro. Es que en medio de tanto caparazón destruido, descubrí un pequeño y hermoso "caracolito" de mar, que increíblemente había soportado, quien sabe cuanto tiempo, las pisadas de todos los que habían recorrido esa concurrida plaza. Su aspecto nacarado y sus formas espiraladas estaban intactas, lo que motivó mi admiración. Siendo tan frágil y pequeño, el caparazón del "caracolito" había podido subsistir, resistiendo los duros embates, apoyándose en los demás caparazones (que aunque estuvieran desechos, evidentemente le habían servido de ayuda). Y siento que "vino a mi encuentro" para dar brillo y consuelo a mi mirada, que solo recorría la conchilla rota y crujiente.

Poniéndome de pie, me acerqué y la tomé entre mis manos, la guardé en un bolsillo, decidí que el otoño no era tan triste como pensaba, y con una sonrisa en mis labios, crucé la calle...

Del libro "Destellos de Luz, reflejos de vida" de José Balabanian Ed. San Pablo (En edición)

viernes

Para inaugurar el blog les quiero compartir un cuento. Espero que les sirva.

¿El verdadero "rostro"?

Javier, Mavi, Juan y Tere son catequistas, y se conocieron en una Jornada de reflexión, que la diócesis a la que pertenecían había organizado. El tema de dicho Encuentro era “El verdadero rostro de Dios”, con el claro objetivo de reflexionar sobre el Dios de la Misericordia, del Amor gratuito.

Los cuatro coincidieron en un trabajo en grupo, y compartieron lo importante que había significado para ellos poder trabajar este tema. Todos tuvieron la “suerte” de tener padres que intentaron transmitirles su fe en Dios, pero, por supuesto, cada uno a su manera…

Javier contó que sus padres habían querido que, ya de pequeño, evitara el mal y eligiera el bien, por eso es que lo amenazaban con que si se no se comportaba correctamente, Dios lo iba a castigar (hecho por el cual, sus travesuras infantiles habían sido bajo techo para que “Dios no lo viera”).

Mavi creció en medio de una extraña mezcla de creencias. Los domingos, por ejemplo, era infaltable la misa matinal, y por la tarde llegaba el pasatiempo de su madre de “tirarle las cartas” a sus amigas. Y recordó cómo disfrutaba, tanto cuando su madre la alzaba (al terminar la misa) para darle un beso a cada imagen de Santo que había en el templo de su parroquia, como cuando las visitas dabas grititos de sorpresa y admiración cuando alguna de las cartas echadas coincidía con su realidad.

Juan, en cambio, recibía de su padre la convicción de que la buena situación económica de la familia, seguiría a través de las generaciones, pues ellos siempre “trabajaban para Dios” en la parroquia y en algún que otro Movimiento. Mientras Juan no cambiara, Dios no le iba a “voltear el rostro”. En medio de esta certeza, solo una cosa le inquietaba: saber que un compañero de grupo parroquial del padre había perdido el trabajo.

Tere, por su parte, se crió con una carga moral muy grande, pues sus padres eran muy estrictos, tanto con ella y su hermana, como en el juicio a todo lo que no fuera moral cristiana. Tere abrazó la fe, pero siempre sintió que ser cristiana le pesaba.

Quizá, por todo esto, los cuatro se pusieron de acuerdo en la necesidad de transmitir el tema de la Jornada en los respectivos grupos que cada uno tenía a cargo.

Y así fue.

Javier empezó hablando de la Misericordia de Dios, pero al plantear el diálogo con el grupo, sus acotaciones fueron derivando sin darse cuenta, en el tema de la Justicia, y consecuentemente en “El Juicio”, y cuando se quiso acordar, estaba hablando del castigo de Dios.

Mavi, por su parte, sabía que en su encuentro de catequesis le iba a ir bien, pues antes de ir a su parroquia, le había dado una ojeada al horóscopo, el cual le auguraba éxitos en todo lo que emprendiera en el día.

Juan, tomó la parábola del “servidor despiadado” del capítulo 18 de Mateo, para explicar la conveniencia de ser misericordioso, pues de ese modo Dios nos retribuirá con su misericordia.

A Tere, en cambio, se le fue el encuentro de las manos cuando se escandalizó ante la pregunta de uno de sus catequizandos de 1º año de Polimodal, quien le planteó que no creía en que Dios fuera misericordioso, pues en el mundo había mucho sufrimiento. Tere pidió para él una sanción de la dirección del colegio por faltar al respeto.

Mientras tanto, en el salón donde se había realizado la Jornada de reflexión, seguía colgado un dibujo del abrazo del Padre Misericordioso, con un cartel que expresaba el lema del Encuentro: “Dios: Misericordia y Amor gratuito”
Del libro "Destellos de Luz, reflejos de vida" de José Balabanian Ed. San Pablo (En edición)
RESULTADO DE ENCUESTAS ANTERIORES: