"Somos catequistas" intenta ser un espacio de comunicación y de compartir recursos para la difícil y apasionante tarea de trasmitir el Evangelio. Periódicamente se irán agregando nuevos elementos para la reflexión y la tarea. Lo incluído no apunta a la uniformidad sino a la unidad en la diversidad, el debate, la valoración de la opinión del otro. Por ende es importante la participación con el voto, el comentario o el envío de material (lito.balabanian@gmail.com) Bienvenidos.
jueves
Felipe y una buena catequesis!
El mundo de hoy está ávido de sentido de la vida. La Palabra de Dios nos revela con amor ese sentido que por la sola razón no podemos encontrar. La catequesis (y por ende los catequistas) puede ser el medio, el vehículo, o el instrumento a través del cual se produzca el encuentro entre el hombre que necesita respuestas a sus preguntas existenciales y Dios que quiere regalarnos la Verdad que da sentido a la vida.
Felipe y su catequesis (reflexión basada en Hech. 8, 26-40)
Este texto puede resultar de suma utilidad para los que queremos trasmitir a Cristo a través de la catequesis. Siempre con la certeza de que no se agota (ni mucho menos) las posibilidades de reflexión de un texto con un solo comentario. Por el contrario, sabiendo que la riqueza de la Palabra de Dios es inagotable, queremos aportar una posible mirada en clave catequística sobre el tema.
“El Ángel del Señor dijo a Felipe: «Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto». El se levantó y partió”.
En primer término, es de notar que Felipe se deja conducir, es el Espíritu el que le va marcando caminos, que a veces pueden ser caminos “desiertos” e inesperados. El catequista también debe ser dócil al Espíritu que sopla donde quiere…Pero dejarse conducir no es inacción. Felipe puso de sí, se levantó y partió, es decir que no se quedó sentado a esperar, se puso en camino del otro. La entrega y docilidad no anula la libertad del que pone su voluntad al servicio de ese Dios que lo llama.
Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías. El Espíritu Santo dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro». Felipe se acercó
En el camino se encuentra con alguien que está en búsqueda, que tiene inquietudes que necesita canalizar. Al igual que en aquellos días, hoy los caminos de la vida están llenos de ansias de felicidad, de una dicha que solo Dios puede dar. Felipe se acerca (la cercanía del catequista con el catequizando es imprescindible para saber partir de sus inquietudes, cosa imposible si no se conoce la situación del otro. es desde la cercanía que se hace posible la apertura de corazón. Pero no “toma el carro por asalto”, no se sube por la fuerza ni se impone, no fuerza situaciones, sino que camina junto al carro. Saber acompañar, esperar el momento adecuado, hace más permeable el corazón del otro, y evita cerrazones que luego resultan difíciles de abrir.
y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: « ¿Comprendes lo que estás leyendo?». El respondió: « ¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?». Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él.
El siguiente paso es suscitar en el otro el “cuestionamiento”. Mediante una pregunta, logra que el etíope se cuestione y le surja la necesidad de recibir respuestas. La motivación es esencial para la captación del mensaje. Y la apertura del corazón se produce: Felipe es invitado a subir, y ahora sí lo hace.
El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente: "Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?" El etíope preguntó a Felipe: «Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?».
El diálogo permite a Felipe conocer la situación del otro, sus dudas e inquietudes, sabe bien de dónde partir. El catequista debe tener la sensibilidad, la prudencia y la sabiduría para conocer los enigmas que brotan del corazón del otro.
Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús.
Los interrogantes, las situaciones de vida, las realidades del otro son ahora iluminadas por la Palabra de Dios. De la misma brotará el mensaje que permita el encuentro con Jesús y su Buena noticia. Si la Biblia y su mensaje no resulta una “Buena nueva” para el otro, es que algo anda mal en nuestra catequesis. Transmitimos un “Evangelio” de amor que puede cambiar la vida del que se descubre amado por Aquél que está Vivo y me llama amigo.
Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: «Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?». [Felipe dijo: «Si crees de todo corazón, es posible». «Creo, afirmó, que Jesucristo es el Hijo de Dios».] Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó.
La celebración de la fe brota espontáneamente cuando se ha producido el encuentro. Pretender que sea al revés suele ser uno de nuestros errores al encarar un proceso catequístico (lo mismo sucede con la moral cristiana, que es respuesta de amor al Amor)
Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor, arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino. Felipe se encontró en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea.”
La tarea del catequista es sembrar, pues cuando el otro realizó su proceso, puede que no lo veamos más. El catequista debe saber disminuir para que Cristo crezca en el corazón del otro. Dios es el cosechador. No importa si no vemos más a nuestros catequizandos, pues lo importante es que ellos sigan gozosos su camino. Que hallen la enorme dicha de haber profundizado el encuentro con uno mismo, con Dios y con los demás. Y nosotros felices de estar llamados (al igual que Felipe) ¡a anunciar la Buena noticia por donde nos toque pasar!
lunes
El cuento de la semana
miércoles
domingo
Vivamos con alegría nuestra vocación
por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, Editorial Patria Grande.
Como todos los ríos, también él se había puesto en movimiento buscando el mar. No lo conocía. Simplemente lo intuía, como un destino. Como un llamado.
Cuando la primavera de la vida puso su nieve en movimiento, contra lo primero que chocaron sus aguas alertadas fue precisamente con las rocas que hasta ese momento le habían cobijado. Tal vez le resultó difícil encontrar su cauce y ubicar un rumbo. Pero había una fuerza imperiosa que lo ponía en movimiento. Siempre hacia abajo, siguiendo su instinto de agua en movimiento, sentía estar respondiendo al misterio de su existencia, buscando un encuentro.
Los ríos son agua en movimiento que busca el encuentro con el mar. El mar lejano y aún no conocido los atrae. Y respondiendo a esta profunda y misteriosa atracción, arrastran su pecho por la tierra, embarran su caudal, atropellan los obstáculos y abren surcos que serán su propio cauce.
Pero hay ríos que renunciar a llegar al mar. Hay algunos que lo hacen porque no les alcanza el caudal y terminan por morir en los arenales. Otros, en cambio, abandonan su tensión por el mar y se convierten en lagunas: las lagunas son ríos que olvidaron su tensión por el mar. Cansadas de andar y vencer obstáculos, prefieren construir su propio océano en el hueco de alguna hondonada, o en los esteros de la tierra anegadiza. Y allí se quedan, engañándose a sí mismos, creyendo haber llegado cuando en realidad simplemente se han detenido. Señal de que no fueron muy lejos.
Pero hay otro tipo de ríos que tampoco llegan al mar. A éstos ni les ha faltado caudal, ni han abandonado su tensión por el mar. Al contrario. Allí donde su cauce se embreta y corres más apasionadamente pudiendo las rocas, han aceptado un dique los sofrena. Sus aguas tumultuosas, al no poder seguir su curso normal, se arremolinan acorraladas y comienzan a trepar lentamente las laderas acumulando toda su energía. Se parecen a las lagunas. Pero hay algo importante que las diferencia: anidan en la altura y aceptan una turbina que las desangra.
Insisto que no han abandonado su tensión por el mar. Al contrario. Al sentirse contenidas por el dique que se interpone en su libre carrera instintiva, su ímpetu se acumula y se potencializa cada vez más. Incluso su fuerza puede llegar a ser peligrosa, si el dique cede. Entonces todo su caudal liberado e golpe se convierte en avalancha de piedras, barro y agua, asesinando todo lo que encuentra a su paso. Ha habido ciudades destruidas por las aguas desenfrenadas.
Pero si el dique resiste, porque se ha asentado sobre la roca, entonces la fuerza acumulada se canaliza a través de la turbina y se convierte en luz, en energía, en calor. El caudal se desfleca por las acequias y va a regar los surcos, creciendo por los viñedos hacia el vino, por los trigales hacia el pan, por los olivares hacia el aceite que alumbra, suaviza o unge. Gracias a su fuerza acumulada, entra en cada casa para el humilde servicio de abrevar, refrescar o lavar.
Nuestro río es de este tipo. Aceptando el dique que frena sus instintos de correr libremente hacia el mar, se hizo lago. No tenía mucho caudal, pero lo alimentar las nieves de la cordillera patagónica, y tiene cerros en su camino. Y en los Cerros Colorados su curso fue interceptado. Encorvó su lomo gredoso al sentir frenado su ímpetu, y actualmente sigue buscando ansiosamente el mar a través de la turbina que canaliza toda su energía. Y buscando el mar, llega hasta mi mesa hecho luz. La luz que alumbra mi celda de monje y me permite escribirles a ustedes su parábola de tensión y servicio. Porque este río no está esclavizado. De ninguna manera. Ha sido liberado para ser puesto al servicio.
El mar es amar.
Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa | |
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Para la reflexión de los grupos de catequistas...
La vocación de catequista suele , como la mayoría de las vocaciones, presentarse de manera progresiva y se va descubriendo a medida que se avanza en el camino. Muchos sienten el llamado de manera fuerte y clara movidos por el ejemplo de su propio catequista o por hallarse en un ambiente propicio para desarrollar su carisma. Otros, ingresan en un seminario de catequístico simplemente buscando ampliar sus conocimientos y complementar su formación y terminan descubriendo que lo aprendido no pueden guardárselo y lo tienen que compartir. Otros, y con estos tres casos no pretendo agotar todas las posibilidades existentes, son convocados por el sacerdote a cargo de su parroquia para que animen un grupo y, la fuerza de las circunstancias lo empujan a asumir la responsabilidad de una forma seria y consciente.
Cualquiera sea el caso de cada uno, el catequista siempre tiene mucho que aprender y uno de los asuntos principales es responder al llamado con generosidad y entrega.
Responder como actitud de vida
No somos catequistas durante "la hora" de catequesis o en las reuniones de preparación. Somos catequistas a toda hora, en todo lugar y en todo momento. Si ser catequista es presentar a Jesús a los demás para que lo conozcan y lo amen, para que comprendan que somos hijos de Dios y estamos insertos en el plan de salvación, eso no es una tarea de unas horas, un trabajo del cual nos desprendemos al terminar el horario sino algo que involucra cada gesto, cada opinión y le da sentido a la vida.
Responder con confianza en Dios
Para asumir cualquier vocación podemos sentirnos sin fuerzas o incapaces de cumplir con todas las exigencias que implica. En el caso de los catequistas, la respuesta al llamado tiene que tener una gran dosis de confianza en el Señor para que nos acompañe en el cumplimiento de esta tarea. Cierto es que hay que formarse y perfeccionarse poniendo las propias habilidades al servicio de la transmisión de la palabra de Dios pero, no se trata de confiar sólo en las propias fuerzas y en la preparación adquirida sino saber que debemos ser lo suficientemente transparentes como para dejar que sea el mismo Dios quien actúe en el corazón y la mente del otro.
Responder desde la oración
Es muy importante confrontar lo que vamos descubriendo y viviendo con la Palabra de Dios que nos ayuda a discernir con criterio sano y claridad. Palabra leída e interiorizada no sólo como estudio bíblico sino en oración, en diálogo verdadero con Dios. Sintiéndonos amados y respetados como hijos, únicos e irrepetibles.
Guía para la reflexión en el grupo de catequistas
1) Preparar, individualmente, un esquema del tipo de las "líneas de tiempo", marcando los momentos fuertes de nuestra vocación catequística y cómo fuimos respondiendo.
2) ¿Cuáles fueron los obstáculos más fuertes que encontramos en el camino de nuestra vocación? Identificarlos con claridad y describirlos lo más equilibradamente posible.
3) ¿Cuáles fueron los empujones y ayudas más fuertes que recibimos? ¿Quiénes influyeron o influyen positivamente en nuestra respuesta constante al llamado de ser catequistas?
4) ¿Qué lugar ocupa la oración en nuestra respuesta cotidiana al llamado de Dios?
Fuente: www.sanpablo.com
sábado
Ante el comienzo de clases, va nuestro homenaje a las maestras.
La maestra se dirigió al colegio como todos los días, aunque ese día no era uno más, pues las preocupaciones la embargaban. La tristeza se le notaba, por más que intentara disimularlo en cada saludo a cada una de sus compañeras. Colgó el saco en la sala de maestros, se dirigió hacia el patio y comenzó su rutina de ordenar a sus alumnos en la fila, que con sus gritos, empujones y risas demostraban estar totalmente ajenos a su dolor.
El camino hacia el aula, transcurrió entre retos brotados automáticamente y sensaciones interiores de amargura y falta de sentido.
Y allí estaba otra vez como todos los días al frente de un grupo de pequeñas personitas que desordenadamente iban acomodando sus mochilas, cargadas de cuadernos, cartucheras y sueños.
La maestra pensaba en su problema mientras una voz le imploraba –“¿puedo ir al baño?”- pensaba cuan cansada estaba mientras oía un grito de fondo –“seño” mírelo me esta pegando” -, reprimía sus ganas de llorar, al tiempo que otra vocesita le comunicaba “-me olvidé el libro, ahora que hago”-.
Muchas voces juntas para una persona con un mal día. Pero de pronto reaccionó ante un –“seño: ¿qué le pasa”- y volviendo la vista hacia el grupo, vio que la miraban curiosos y sorprendidos, con un silencio que hacia tiempo que no lograba.
Y al verlos así, reencontró en los ojitos de sus alumnos, como todos los días, el sentido de su vida...
Del libro "Destellos de Luz, reflejos de vida" de José Balabanian Ed. San Pablo (En edición)viernes
Para inaugurar el blog les quiero compartir un cuento. Espero que les sirva.
Javier, Mavi, Juan y Tere son catequistas, y se conocieron en una Jornada de reflexión, que la diócesis a la que pertenecían había organizado. El tema de dicho Encuentro era “El verdadero rostro de Dios”, con el claro objetivo de reflexionar sobre el Dios de la Misericordia, del Amor gratuito.
Los cuatro coincidieron en un trabajo en grupo, y compartieron lo importante que había significado para ellos poder trabajar este tema. Todos tuvieron la “suerte” de tener padres que intentaron transmitirles su fe en Dios, pero, por supuesto, cada uno a su manera…
Javier contó que sus padres habían querido que, ya de pequeño, evitara el mal y eligiera el bien, por eso es que lo amenazaban con que si se no se comportaba correctamente, Dios lo iba a castigar (hecho por el cual, sus travesuras infantiles habían sido bajo techo para que “Dios no lo viera”).
Mavi creció en medio de una extraña mezcla de creencias. Los domingos, por ejemplo, era infaltable la misa matinal, y por la tarde llegaba el pasatiempo de su madre de “tirarle las cartas” a sus amigas. Y recordó cómo disfrutaba, tanto cuando su madre la alzaba (al terminar la misa) para darle un beso a cada imagen de Santo que había en el templo de su parroquia, como cuando las visitas dabas grititos de sorpresa y admiración cuando alguna de las cartas echadas coincidía con su realidad.
Juan, en cambio, recibía de su padre la convicción de que la buena situación económica de la familia, seguiría a través de las generaciones, pues ellos siempre “trabajaban para Dios” en la parroquia y en algún que otro Movimiento. Mientras Juan no cambiara, Dios no le iba a “voltear el rostro”. En medio de esta certeza, solo una cosa le inquietaba: saber que un compañero de grupo parroquial del padre había perdido el trabajo.
Tere, por su parte, se crió con una carga moral muy grande, pues sus padres eran muy estrictos, tanto con ella y su hermana, como en el juicio a todo lo que no fuera moral cristiana. Tere abrazó la fe, pero siempre sintió que ser cristiana le pesaba.
Quizá, por todo esto, los cuatro se pusieron de acuerdo en la necesidad de transmitir el tema de la Jornada en los respectivos grupos que cada uno tenía a cargo.
Y así fue.
Javier empezó hablando de la Misericordia de Dios, pero al plantear el diálogo con el grupo, sus acotaciones fueron derivando sin darse cuenta, en el tema de la Justicia, y consecuentemente en “El Juicio”, y cuando se quiso acordar, estaba hablando del castigo de Dios.
Mavi, por su parte, sabía que en su encuentro de catequesis le iba a ir bien, pues antes de ir a su parroquia, le había dado una ojeada al horóscopo, el cual le auguraba éxitos en todo lo que emprendiera en el día.
Juan, tomó la parábola del “servidor despiadado” del capítulo 18 de Mateo, para explicar la conveniencia de ser misericordioso, pues de ese modo Dios nos retribuirá con su misericordia.
A Tere, en cambio, se le fue el encuentro de las manos cuando se escandalizó ante la pregunta de uno de sus catequizandos de 1º año de Polimodal, quien le planteó que no creía en que Dios fuera misericordioso, pues en el mundo había mucho sufrimiento. Tere pidió para él una sanción de la dirección del colegio por faltar al respeto.
Mientras tanto, en el salón donde se había realizado la Jornada de reflexión, seguía colgado un dibujo del abrazo del Padre Misericordioso, con un cartel que expresaba el lema del Encuentro: “Dios: Misericordia y Amor gratuito”
Del libro "Destellos de Luz, reflejos de vida" de José Balabanian Ed. San Pablo (En edición)