jueves

En el año de la Fe, mirémonos para crecer (II)


Tratando de iluminar la situación con la Buena Nueva

Lo que creemos:

La búsqueda religiosa del hombre

Comenzamos la sección anterior diciendo que la gente busca respuestas en el más allá. Esto, en sí mismo no es malo. Podríamos decir que por el contrario, es algo que permite al hombre encontrarse con Dios. Todo hombre, en todo tiempo y lugar ha demostrado siempre una búsqueda de respuestas a sus preguntas existenciales. El último Concilio ha dejado escrito ejemplos de estos enigmas recónditos de la condición humana: “¿Qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido y qué fin tiene nuestra vida?, ¿qué es el bien y el pecado?, ¿cuál es el origen del dolor?, ¿cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?, ¿qué es la muerte?...”[1] Todas las culturas, hasta las más primitivas, han buscado en el más allá (las “fuerzas ocultas”, la “madre tierra”, los “astros” y otros “dioses” que encarnaron la religiosidad de los distintos pueblos) esas respuestas que no podían dar los hombres. Es una característica innata de la condición humana, por eso aparece en todo tiempo y lugar (incluso los “ateos” se hacen estas preguntas existenciales). Es algo propio (y exclusivo) del ser humano. Si se la tiene desde el nacimiento, quiere decir que esta característica fue puesta por Dios en el corazón del hombre para que lo busque a Él. ¿Por qué?, evidentemente porque Dios quiere que encontremos respuestas a las preguntas existenciales de las que hablamos antes. ¿Para qué?, para que al encontrar la verdad, el hombre halle el sentido de su vida y, por ende, la felicidad. “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”[2].
Dicho de otra manera, esta búsqueda religiosa del hombre es querida por Dios, porque Él desea nuestra felicidad. Si esta característica no encuentra al Dios verdadero, tiene el valor de la búsqueda, pero se quedará en respuestas erróneas, pensamientos mágicos, inquietudes no resueltas, que derivarán en creencias infantiles. Éstas, a su vez, pueden generar, tarde o temprano, profundas crisis de fe.
Ahora bien, si Dios quiere que el hombre busque respuestas, lo lógico es que de algún modo se las brinde, pues de lo contrario estaríamos ante “un dios sádico”, que nos incita a buscar algo que nunca nos va a dar… ¿Cómo responde Dios a nuestras preguntas más profundas? ¿Es posible para el hombre la felicidad?...

La Palabra de Dios como respuesta

Tiempo atrás, propuse una encuesta a través de un blog para catequistas[3], ante la pregunta: “¿Por qué creen que la Palabra de Dios no siempre es recibida como Buena Noticia?” las opciones más elegidas fueron las siguientes: “Los que la valoramos no damos buen testimonio” (fue la más votada), le siguió la opción “Ha sido mal trasmitida”, luego “Hay mucho desconocimiento”, y otro porcentaje considera que “Se la toma como un conjunto de normas morales a cumplir”. Más allá de la relatividad y las limitaciones que tienen este tipo de indagaciones, es de notar que las respuestas están dadas por catequistas (o más bien por agentes de pastoral en general), hecho por el cual se cargan de significatividad, más allá de la parcialidad de la información obtenida. Creemos que la respuesta a gran parte de los interrogantes propuestos en al primera sección del libro, deben surgir de una correcta interpretación de la Palabra de Dios. A esto nos abocaremos de ahora en más, sin pretender abarcar la totalidad de posibilidades de abordaje del tema, sino intentando llegar desde la reflexión de la Buena Nueva hacia la vida de cada uno de los lectores. Lo haremos a través de algunos “ejes” que nos ayudarán a seguir planteándonos cómo es realmente Dios…


Eje “Revelación”

Unas líneas más arriba nos preguntábamos si es posible la felicidad para el hombre. Si la relacionamos con la “alegría constante” es obvio que es imposible, pues nadie puede estar permanentemente alegre. Pero si la relacionamos con el sentido que le damos a la vida, es absolutamente posible. Es decir, podemos estar circunstancialmente alegres o tristes, pero si no perdemos el Sentido de la vida seremos felices más allá de las lágrimas o las risas eventuales (Jesús lloró ante la tumba de su amigo, o en Getsemaní, pero nunca dejó de ser feliz, pues obviamente para Él la vida, e incluso el sacrificio y la muerte por seguir un ideal, tenían sentido).
Entonces solo resta saber cómo encontrar el Sentido de la vida. Pues bien, al hablar de la búsqueda del hombre de la Verdad, el Sentido y la Felicidad, nos preguntábamos: ¿de qué modo responde Dios a nuestras preguntas existenciales? Y he aquí una de las claves esenciales para comprender las Sagradas Escrituras: la Revelación.
El hombre puede solo por su razón, y por distintas vías, descubrir que un Ser superior debe existir[4], pero no tiene manera de saber cómo es ese “Alguien” supremo o qué quiere de nosotros. Salvo que Él mismo lo quiera revelar. Y Dios quiso revelarle al hombre el misterio acerca de Sí mismo y de su voluntad[5]. Por algo creó a alguien que, por ser imagen de Él, es capaz de descubrirlo y amarlo.
Ahora bien, si nosotros (que somos humanos e imperfectos) sabemos que las cosas se enseñan de a poco, ¡cuánto más Dios! Si nosotros sabemos que a un niño de 3 años no se lo instruye de igual modo que a un adolescente de 15, ¡cómo vamos a esperar que Dios mismo no sepa esta regla pedagógica básica y nos quiera revelar todo de golpe! Por eso creemos que Dios fue revelándose progresivamente, fue “quitándonos el velo” acerca de su voluntad, esperando nuestros tiempos, de acuerdo al modo en que el hombre podía ir entendiendo semejante misterio de Amor. Tomando pacientemente todo el tiempo que fuera necesario (recordemos que Dios está más allá del tiempo, y que éste es una creación en función del hombre) para contarnos “cómo es Él y que quiere de nosotros”. Dejando para el momento culmen de su obra reveladora, hablarnos a través de su Hijo, mostrándonos de manera plena la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre en la misma persona de Jesucristo, verdadero Dios y Verdadero Hombre. Dice al respecto el autor de la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo”[6]
En la época del Israel del Antiguo Testamento, la Revelación fue progresiva, respetando la capacidad gradual del hombre para ir comprendiéndola. Es por eso que, como citamos en la primera sección, encontramos muchos textos que hablan del castigo, de la ira, e incluso de la venganza de Dios. La Toráh (la Ley o el Pentateuco) dice “…porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación…”[7]. Pero es la misma Biblia, en el Nuevo Testamento la que dice “… porque Dios es Amor”[8]. ¿Por qué esta aparente contradicción dentro de las Sagradas Escrituras? ¿Dios era de un modo antes y después cambió? Por supuesto que no (pues si cambiara no sería Dios). Nuestro Señor fue siempre de la misma manera. Es el modo en el que lo fueron comprendiendo los hombres lo que cambió. La Biblia en sus autores humanos, no tiene más ciencia que la de la época en que fue escrito cada libro. Cada hagiógrafo (escritor sagrado) iba volcando en su libro la creencia de Dios en el estado o etapa en el que se encontraba la Revelación. A través de ellos Dios se fue revelando progresivamente en el Antiguo Testamento. Pero al llegar Jesús, la Revelación llegó a su plenitud. Ahora sí podemos saber cómo es Dios y qué quiere de nosotros, pues Él mismo entró en nuestra historia para contárnoslo. Todo lo que necesitamos para nuestra Salvación, para que nuestra vida tenga sentido, Dios ya lo ha revelado en Jesucristo. Por eso, no es lo mismo lo que leemos de Dios en el Antiguo Testamento (cuando la Revelación era progresiva), que lo que contemplamos en el Nuevo Testamento (donde la Revelación ha llegado a su plenitud en Jesús). Al descubrir este proceso, nos quitamos por completo los cuestionamientos que nos generan algunos textos del Antiguo Testamento, pues si se quiere ver ciertamente “cómo es Dios” habrá que recurrir al Nuevo. De cualquier modo es edificante ver cómo un Pueblo supo leer su historia a la luz de Dios. Y cómo Él no se apresuró, sino que pacientemente fue preparando la venida de su Hijo respetando los tiempos de los hombres. Es por esto que leemos con pasión los textos del Antiguo Testamento, aunque la Verdad plena nos llegará en el Nuevo.
Es muy gráfico para entender este proceso pedagógico progresivo de Dios, el concepto de pureza e impureza del Antiguo Testamento. No existía, en los tiempos del Israel bíblico, por razones obvias, los avances en medicina que existen hoy. Cuando no se tenía explicación acerca del motivo por el cual una persona sufría determinada enfermedad, se la atribuía a Dios. El razonamiento podemos imaginarlo así: si Dios es justo, y le está enviando este sufrimiento a este hombre, es porque sin duda ha pecado, esta “impuro”. Si ya nació con la enfermedad (por ejemplo una ceguera de nacimiento), entonces habrán pecado sus ancestros, pues Dios no va a mandar una enfermedad así por que sí... Esta forma errónea de pensar dividía injustamente a los hombres entre “impuros” (considerados pecadores castigados y despreciados justamente por Dios) y los “puros” (por ejemplo los “sanos”, como signo evidente de la bendición de Dios). Es por este modo equivocado de entender a Dios y al hombre que aparecen textos del Antiguo Testamento en el que se habla del Dios castigador y su ley implacable para con los hombres. La Ley dirá, por ejemplo, “La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando “¡Impuro, impuro!”. Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.”[9]. Es decir que, además de sufrir la enfermedad, debía sentirse castigado por Dios y humillado por los hombres. También hay que acotar que nadie podía entrar en contacto con un impuro, pues se “convertía” en otro impuro.[10] Es evidente el desprecio, la marginación y la discriminación que generaba en el pobre enfermo este tipo de leyes (que para los judíos de la época era la máxima expresión de Dios).
Este proceso progresivo de Revelación de la verdad por parte de Dios, irá modificando este modo primitivo e injusto de interpretar la fe. Esta pedagogía paciente de Dios, se verá más clara aún cuando hablemos más adelante del “eje Alianza”, pero adelantemos algo... Con la triste experiencia del exilio como trasfondo histórico[11], la predicación de los profetas irán acercando los conceptos a lo que tiempo después traería el propio Jesús. Es así como se empieza a cambiar la idea absurda de que estamos sufriendo algún castigo por lo que pudieron hacer mis padres, mis abuelos, etc. Se comienza a hablar de la responsabilidad individual de nuestros actos. Jeremías, por ejemplo,  desmiente un refrán popular que metafóricamente demuestra el concepto erróneo de ser víctimas de faltas que cometieron otros: “En aquellos días no se dirá más: Los padres comieron uva verde y los hijos sufren la dentera”[12]. Ezequiel por su lado reafirma lo dicho por Jeremías “Ustedes preguntarán: “¿por qué el hijo no carga con las culpas de su padre?”. Porque el hijo practicó el derecho y la justicia, observó todos mis preceptos y los puso en práctica, por eso vivirá”[13]. Pero además de remarcar la responsabilidad individual, van mostrando la imagen de un Dios que no quiere la muerte del pecador sino su conversión: “Pero si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido… seguramente vivirá… ¿Acaso deseo yo la muerte de pecador –dice el Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva?”[14]; un Dios dispuesto al perdón: “Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado”[15]
Aunque la novedad absoluta la transmitió Dios mismo encarnándose en nuestra historia. Jesús nos trajo la plenitud de la Revelación. Nos muestra a un Dios que es (como ya he nombrado) como un Padre que está esperando en la puerta la vuelta del hijo que se alejó[16]. Un Dios que, para defender al “impuro” del juicio de los supuestos “puros”, dice que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”[17]. Que nos libera de pensar que solo sufren los malos[18], pues la naturaleza y la historia no está determinada por Dios sino que tiene su propia autonomía.[19] Jesús nos trae la imagen de un Dios que nos urge a la conversión, que no quiere el pecado, que impulsa a luchar contra las injusticias, pero que también es capaz de dar la vida por sus amigos. El Dios que nos muestra Cristo no nos evita mágicamente el sufrimiento y la muerte[20], pues de ese modo no seríamos libres, pero le da a ambos un sentido salvífico y único, a través de su pasión, muerte y resurrección.
Volviendo al ejemplo anterior de las leyes de impureza presentes en la Toráh, podemos ver claramente cómo Jesús rompe con las estructuras caducas y las mentalidades cerradas casi sin emitir palabra. En el evangelio de Marcos[21], nos encontramos con un leproso que sin haber advertido a los demás su presencia con el grito “¡impuro, impuro!” que le imponía la ley, apareció imprevistamente al lado de Jesús y de los que siempre lo rodeaban. Quebrantó una ley injusta, pues sintió que era la oportunidad de su vida. Pero lo curioso está dado por la actitud del Maestro. Los que estaban con Él se habrán escandalizado al ver que Jesús no condenaba a este impuro por su actitud, sino que, por el contrario, entraba en diálogo con él. Y ante el pedido confiado de sentirse puro, Jesús lo cura, pero lo hace tocándolo a la vista de todos. Lo prohibido por la “ley de Dios” (tocar a un impuro, pues si lo hacías te convertías en uno de ellos), era permitido y deseado por el enviado del mismo Dios. Evidentemente, no hay ingenuidad en el accionar de Cristo, con un solo gesto está cambiando una visión distorsionada de Dios, que influía negativamente en el modo de vivir la fe del pueblo. Y éste es sólo uno de los tantos ejemplos que se pueden dar.
Jesús llevó la Revelación a su plenitud. Todo lo que necesitamos para nuestra salvación ya fue revelado. Por supuesto que siempre habrá misterios, pues Dios es inabarcable, por esto San Pablo dirá: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente, después veremos cara a cara.”, pero no quedan dudas sobre cuál es el camino para alcanzar el sentido de la vida, y por ende la felicidad, pues Jesús mismo es “…el Camino, la Verdad y la Vida”[22]
El de la Iglesia, es el tiempo (nuestro tiempo), de la comprensión progresiva de la Revelación que ya fue dada en plenitud por el Hijo de Dios. El Espíritu Santo nos asiste para comprenderla, aplicarla a la realidad que nos toca vivir, prestando atención a los signos de los tiempos. Por ejemplo: Jesús no habló de la adicción a la cocaína, ni del calentamiento global o el capitalismo salvaje, pues no existían en el tiempo de su predicación, sin embargo, como Iglesia debemos dar respuesta a las nuevas situaciones que se van dando en el devenir histórico concreto. Tampoco hay una enumeración de las dificultades concretas que cada uno de nosotros debe enfrentar en la vida, con las consiguientes recetas para las soluciones. Pero es partiendo desde la Revelación que nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo en nuestro lugar? Tamaña responsabilidad hay que vivirla con muchísima prudencia y humildad, sabiendo discernir muy bien lo que es voluntad humana y Voluntad divina, no pretendiendo interpretaciones o “iluminaciones” individuales, sino buscando siempre la reflexión en comunidad, pues la Iglesia lo es esencialmente.
Por eso, nunca debemos separar la fe de la vida concreta, pues Cristo nunca lo hizo, y me quedo con una frase de Monseñor Angelelli “Hay que tener un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio”…[23]



[1] CONCILIO VATICANO II Nostra Aetate 1
[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA 27
[3] www.somoscatequistas.blogspot.com
[4] Cfr. Rom. 1,19-20; Sab. 13,1-9
[5] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum 2
[6] Hb. 1,1-2
[7] Éx. 20,5
[8] I Jn. 4, 8
[9] Lev. 13,45-46
[10] Cfr. Lev. 5,3
[11] Ante la muerte de Salomón (-933), el pueblo elegido se dividió en: Reino de Israel al norte (con capital en Samaria) y Reino de Judá al sur (con capital en Jerusalén). El Reino del Norte cayó en manos de los asirios en el -722 y el del sur sufrió un asedio de parte de los babilonios desde el -598 y cayó definitivamente en el -586. Muchos fueron deportados a Babilonia y la dolorosa experiencia del exilio duró hasta que los persas dominan e invaden los territorios, y Ciro, mediante un edicto, permite el retorno de los exiliados (-538).
[12] Jer. 31,29
[13] Ez. 18,19
[14] Ez. 18,21-23
[15] Jer. 31,34c
[16] Cfr. Lc. 15,11-32
[17] Cfr. Jn. 8,1-11
[18] Cfr. Lc. 13,4
[19] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO “Documento de Puebla” Nº 308
[20] Cfr. Jn. 15,18-27
[21] Mc. 1,39-45
[22] Jn. 14,6
[23] Enrique Angelelli, Obispo argentino, nacido en 1923 y asesinado en 1976 por ser fiel a sus convicciones.

En el año de la Fe, mirémonos para crecer


El pensamiento mágico en los cristianos

-¿Qué hice yo para merecer esto?- Frase muchas veces escuchada. La misma supone: un castigo por algo malo realizado, una pregunta desgarradora o una queja porque a dicho castigo se lo considera injusto. Pero, en última instancia, ¿a quién va dirigida la frase? ¿Está Dios detrás de este “castigo”?...
Es frecuente percibir en la gente la búsqueda de explicaciones en el “más allá” a las cosas que les sucede. Sean buenas o malas. El pensamiento mágico o la cultura del milagro son característicos de esta época que nos toca transitar. Pero es de notar cómo los cristianos no escapan de este modo de vivenciar los hechos de la vida. Como expresión de la denominada “piedad popular” (sobre todo en América Latina) muchos hacen promesas pidiendo para sus vidas la intervención directa de María[1] (generalmente a través de alguna de las advocaciones) o algún “santo” (a veces los declarados por la Iglesia, otras no tanto[2]). Los que pudieron dar algún pasito más en la fe, en muchas ocasiones creen que todo (o casi todo) lo que nos ocurre, es acción directa de Dios. Sea para premiarnos, castigarnos, ponernos a prueba, o vaya a saber uno por qué. “Si Dios así lo quiso por algo será” se los escucha decir. El Dios en el que creemos, influye directamente en el modo en que lo celebramos y de modo especial en el estilo de vida. Por eso, ante la certeza de estar ante un tema no menor, me permito preguntar: ¿es ésta la manera de vivir la fe del cristiano? ¿Es esto en lo que creemos realmente?

El “Dios castigador” basado en la Biblia

Para muchos esto ni se discute. Incluso se puede afirmar apoyándose en distintos textos bíblicos. Ejemplo de ello, son los que nos narran cuando Abraham[3] o Job[4] son puestos a prueba por Dios, o incluso las leyes de impureza presentes en el Pentateuco[5], la ley del “talión” impuesta por “el mismísimo Dios” al pueblo (ojo por ojo y diente por diente)[6] y tantos otros relatos que citan la “ira de Dios” o la “venganza hacia los impíos”[7]. ¿O no es cierto acaso que el libro del Éxodo habla claramente de un Dios celoso y castigador, cuyo enojo por nuestro pecado lo seguirán sufriendo nuestros hijos, nietos, bisnietos…?[8] . El que castiga sin titubear en el jardín del Edén, es el mismo Dios[9], que “tiempo después” es capaz de enviar un diluvio universal para que mueran los pecadores (incluidos niños, ancianos, embarazadas…)[10]. Todo parece indicar que los que creen en un Dios castigador tienen fundamentos fuertes para hacerlo…

Expresiones cotidianas

Este modo de entender la relación con Dios (basado en el pensamiento mágico o a la espera de castigos y recompensas) se ve reflejado tanto en expresiones oídas cotidianamente como en el modo de encarar la vida. Vamos primero con las frases. Algunas de ellas son: “Si le pasó eso, por algo será”, “Dios castiga sin palo y sin rebenque”, “Dios sabe por qué se lo llevó”, “Si hay un Dios, fulano no se la va a llevar de arriba”, “si faltas a misa algún domingo estás en pecado mortal”, “¿Cómo se atreve a entrar a la Iglesia? Todos conocemos su historia…”. Todas ellas reflejan la creencia en un Dios intervencionista, que castiga a los malos y premia a los buenos ya en esta vida. Y nuestra actitud suele tornarse también severa en el juicio hacia los demás.
Décadas atrás, los Obispos latinoamericanos reunidos en Puebla, al analizar las visiones inadecuadas del hombre, decían: No pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios”[11]. Este modo de creer en muchos seguidores de Jesús ¿es parte de la fe que profesamos? ¿Se desprende esto de lo dicho y hecho por Él?... Por otro lado, ¿no estaríamos negando nuestra libertad? Pues está claro que creemos que Dios nos dotó de inteligencia y voluntad libre… ¿y entonces?... ¿Por qué muchos hombres se inclinan a creer en un Dios que nos “maneja de arriba” a modo de un enorme “tablero de ajedrez”[12] o como un “gran titiritero”, o un “gran programador” que hace que nuestro “disco rígido” nos haga actuar de determinada manera? Estas dos creencias juntas, a su vez serían contradictorias, pues si estamos programados por Dios (destino escrito), no tenemos responsabilidad por nuestros actos, por ende no cabría ningún castigo o premio, pues sería una enorme farsa.

Influencia en la vida concreta

Además de escuchar frases que reflejan este modo confuso de creer y de relacionarse con Dios, se nota también (a veces dolorosamente) en situaciones de vida. Aquí van algunos ejemplos tomados de la vida real:
Caso 1: Fallece trágicamente un niño. El dolor es enorme. Todos quisieran calmar el dolor de esa madre que llora lo irremediable y no encuentra consuelo. Alguien de la parroquia le dice (con toda su buena intención) “Dios lo necesitaba allá arriba, por eso se lo llevó, acepta la voluntad de Dios” (a veces se introduce la variante de “necesitaba un angelito”).
Planteo: aunque la intención sea buena, ¿puede alguien arrogarse el conocimiento tan puntual de la voluntad de Dios? ¿Puede ser la voluntad de Dios algo tan doloroso? ¿No se corre el riesgo de poner a Dios en la vereda contraria a nuestra felicidad?
Caso 2: Una adolescente perdió su fe. Desde pequeña le habían enseñado que Dios “te da lo que vos le pedís” (con un “si te portas bien” como condición). Por eso ella, al enterarse del cáncer de su abuelo, no dudó en pedirle (como buena chica creyente) a Dios, que su ser querido se curara pero, de no ser posible, que por lo menos no sufra. Su abuelo murió luego de meses de sufrimiento…
Planteo: ¿No se corre el riesgo, al trasmitir de ese modo la fe, de dejar anclada a la persona en una religiosidad infantil? ¿Es “el Dios del intercambio” para lograr gracias especiales (yo doy mi bondad, él me da el milagro) el Dios en el que creemos?...
Caso 3: Una mujer ofrecía el grandioso servicio de dar catequesis carcelaria en un penal de mujeres. Ella creía, por otro lado, en que el amparo de Dios por trabajar por su Reino con semejante tarea la iba a proteger de todo mal. Un día, yendo hacia el seminario catequístico una pareja le robó la cartera. Al llegar, con ganas de llorar y de volverse a su casa, expresó que nunca más volvería a dar catequesis a gente que no vale la pena…[13]
Planteo: ¿Dios ampara de un modo especial a los que “trabajan por su Reino” a través de alguna Institución o Movimiento eclesial? ¿Debería hacerlo? Dicho de un modo más infantil: “los suyos” ¿tenemos alguna especie de protección contra los problemas que “los demás” no tienen? Cuando hablamos de Dios, ¿Quiénes son “los suyos” y quiénes “los demás”? Si dividimos el mundo en buenos y malos, ¿Nos atrevemos a ponernos del lado de los “buenos”? Cuando en la época de Jesús los “religiosos” judíos dividían al pueblo en “puros” e “impuros” Jesús afirmó que Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.[14] Entonces ¿qué diremos? ¿Da lo mismo para Dios ser justo que injusto? ¿Qué habrá querido decir?...
Caso 5: Un matrimonio en un retiro daban testimonio de la cura milagrosa de su hijita cuando los médicos ya no sabían que hacer. Emocionaba escucharlos arengar a los oyentes de su charla a confiar en la oración que produce milagros…
Planteo: Si bien es valioso este tipo de testimonios ¿qué les decimos a los padres de tantos otros niños que en circunstancias similares (incluyendo la oración de sus padres y de todos los seres queridos) no logran escapar a la muerte? ¿No serían merecedores del milagro como aquél matrimonio? ¿Habrán fallado en su fe, o en su oración? ¿Dios les evitó a esos niños males futuros que sólo Él conocía? ¿No podía evitar esos “males futuros” sin generar semejante sufrimiento en esos padres? “Él sabrá por qué lo hizo”… se escucha decir… ¿El fin justifica los medios? ¿Es Dios la causa de esas muertes?...
Sintetizando: podríamos seguir citando frases o casos de la vida real en los que se intuye un modo de concebir a Dios que no es el que Él mismo reveló. Estas maneras distorsionadas (e incluso contradictorias) de relacionarse con el Señor se pueden resumir, a mi entender, en básicas creencias erróneas a superar, estos son solo algunos ejemplos:

Dios…
… cumple mis pedidos directamente o a través de “mediadores” a cambio de alguna promesa…
… determina nuestro destino de antemano…
… nos pone a prueba para ver como respondemos…
… castiga a los malos y protege a los buenos…
… utiliza el milagro como regla de su accionar para con nosotros…

Nos preocupan las consecuencias que tienen, para la vida concreta de las personas, estos conceptos. Pues no es lo mismo andar por la vida creyendo que Dios está observándome para castigarme al primer traspié, que confiando en un Dios que es como un Padre, que está esperando en la puerta de su casa la vuelta de su hijo[15]. No se encara la vida del mismo modo si, haga lo que haga, mi destino ya está escrito, o si estoy dotado por Dios de libertad responsable y por lo tanto soy artífice de mi propio destino. La adhesión de la fe no es la misma si estamos esperando que Dios nos evite todo mal, o si creemos que Dios nos acompaña ayudándonos a sacar algo bueno de lo malo, aún de las peores “cruces”. La motivación moral no es la misma si “tratamos de ser buenos” por miedo a un castigo o por “merecer” una recompensa, que si buscamos vivir en el amor pues hemos descubierto en nuestras vidas el Amor.
Muchas preguntas para esta primera sección del libro. Invitamos a que ustedes se hagan más aún. No para perder la fe, sino para renovarla. No para caer en una moral “light” de la que se habla tanto en estos tiempos, sino para fortalecer profundamente la motivación de una ética de compromiso con el mundo que me rodea, pero basada en el Amor y no en el cumplimiento.
Si a esta altura, querido lector, has superado la tentación de arrojar este libro contra la pared, estás en camino de encontrarte con otra posible mirada. Si no lo has logrado y el libro yace desparramado en el piso, has hecho uso de tu libertad (pero confiamos en que en algún momento lo levantarás) Si te estás durmiendo, descansa un ratito antes de volver a arrancar (si lo deseas, con el libro abierto tapándote el rostro), pues lo que se viene habla del Dios en el que creemos, que como estamos viendo, no está separado en los más mínimo de nuestras vidas concretas.
En el siguiente bloque intentaremos expresar de modo sencillo, algunos conceptos básicos de nuestra fe que dan, a nuestro entender, luz a todas las cuestiones planteadas. Los invitamos a seguir pensando juntos…










[1] Cabe aclarar que aquí no se está hablando de la “Intercesión”
[2] Basta observar algunas devociones populares. Algunos ejemplos en la Argentina son (entre otras) las referidas al “Gauchito Gil” o la “Difunta Correa”.
[3] Cfr. Gén. 22,1-19
[4] Cfr. Jb. 1, 6-12
[5] Cfr. Lev. cap. 11 y ss.
[6] Cfr. Ex. 21,24
[7] Cfr. Deut. 9.8; Esd. 9,14; Ez. 20,13b; Col. 3,6; Rom. 1,18; Ef. 5,6
[8] Cfr. Éx. 20,5
[9] Cfr. Gén. 3,14-24
[10] Cfr. Gén. caps. 6-9
[11] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO “Documento de Puebla” Nº 308
[12] Cfr. BORGES, Jorge Luis. Poema “Ajedrez” del libro “El Hacedor” 1960.
[13] El ejemplo merece toda una meditación social acerca de la pobreza, la delincuencia, la motivación profunda de un catequista carcelario y demás cuestiones que no haremos, no porque no tenga importancia, sino porque no responde a la intención de este libro.
[14] Cfr. Mt. 5,45
[15] Cfr. Lc. 15,11-32

martes

Al llegar al final de cada página, no olvides clickear "Entradas antiguas" para seguir viendo material.

jueves

Polémica para pensar y crecer

Catequesis escolar: Escuché la siguiente frase "los tuvimos en nuestro colegio parroquial 12 años y en Bariloche no se diferencian en nada del resto". Consideran que es así? Pudo el colegio marcar la diferencia y no lo hizo? Hay que replantearse la pastoral escolar?
Escucho opiniones, propuestas, ideas, etc, y quizá saquemos algo en limpio que nos sirva!

domingo

La fiesta del Espíritu!

Hoy recordamos una experiencia única de fe: la venida del Espíritu Santo.
Si tomamos el texto de Lucas, (pedagógico, cronológico, dándole un sentido nuevo a la fiesta judía de Pentecostés), 50 días después de Pascua Jesús cumple su promesa. Los signos del fuego, el viento huracanado, las distintas lenguas que unen, están presentes en el texto. Así como en el relato didáctico del capítulo 11 de Génesis la soberbia del hombre en la construcción de la torre de Babel derivo en distintas lenguas que desunían, en el relato del libro de los Hechos muestra al Espíritu como el Amor de Dios que desciende para unirnos en la diversidad.
Si por el contrario leemos el relato de Juan (más teológico), el Espíritu Santo es dado a los Apóstoles por Jesús el mismo día de su Resurrección. Llega a través de un soplo de Cristo sobre ellos, en el contexto del envío. Así como en el capítulo 2 del Génesis Dios acerca su rostro al del hombre para darle su soplo o Espíritu (tanto en el hebreo del Antiguo testamento ("Ruah") como en el griego del Nuevo ("Pneuma"), soplo, viento o espíritu se designa con la misma palabra), en Juan es el mismo Dios hecho hombre el que hace de nosotros una nueva creación, un hombre nuevo con una misión, continuar con su obra.
El soplo del Espíritu está en nosotros, que somos los apóstoles del hoy. Solo hay que avivar el fuego en nuestros corazones, dejarse empujar por el viento del Amor de Dios, sentirse animado por el aliento de Vida que nos hace hombres nuevos.
A los chicos les decimos (con razón) que es el cumpleaños de la Iglesia, y es de esperar que el Espíritu Santo nos ilumine para trabajar por la unidad en la diversidad, para ponernos del lado de los desprotegidos, para distinguir las estructuras que hemos puesto (cual modernas torres de Babel) y que no son fruto del Espíritu y nos animemos a derribarlas con el viento huracanado del Amor de Dios, para proclamar y construir el Reino de Dios, sin perder el "Amor primero".
En Pascua decíamos "La causa de Jesús sigue viva"... Que el Espíritu Santo haga que siga viva profunda y activa en cada uno de nosotros. "Ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu Luz . Ven Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu Luz" Que así sea.

La Pascua: la causa de Jesucristo sigue viva!

Hoy es día de felicidad! Nuestra vida no termina en la tumba! Nuestros seres queridos que han partido solo se nos han adelantado! La Vida tiene sentido! y todo gracias a la Pascua de Cristo! Reflexionábamos con mis alumnos en la semana si se puede festejar habiendo tantos "crucificados" hoy. Y yo creo que sí, pues como hemos dicho, es en la resurrección de Jesús donde todo cobra sentido. Pero está claro que la muerte y resurrección de Cristo, no pueden separarse de lo que fue su misión, su causa, su compromiso con el hombre, y sobre todo con el hombre dejado de lado por los demás. Su muerte llegó de ese modo por ser coherente hasta el final, or la fidelidad a su misión. El aparente fracaso de la cruz, se llena de Vida cuando la muerte es vencida en aquella madrugada que hace que nuestra fe no sea vana. La Pascua (decía hoy mi párroco) es el sí del Padre a la causa de Cristo. Su Reino debe seguir siendo predicado pues su misión sigue en pie. Los crucificados de hoy necesitan que los ayudemos a "resucitar", pues de la Pascua surge el impulso misionero. Reitero: la vida tiene sentido! Yel compromiso es con el hombre de hoy es parte del mismo!
Hoy es día de felicidad! Somos profetas del sentido! Plenificados por el Amor de Dios que nos impulsa! Solo así podremos decir FELÍZ PASCUA!!!!!!!!!

Gracias Señor por tanto Amor! (dibujo de Fano)

sábado

Mensaje del obispo diocesano (Lomas de Zamora, Argentina)

Mensaje del Obispo Diocesano para la Pascua de Resurrección


Mc. 16,1-8

Las mujeres compraron perfumes para embalsamar el cuerpo muerto del Señor



El perfume significa la santidad, el “buen olor de Cristo, el perfume es el de la enamorada del “Cantar de los cantares”: “mientras el rey está en el lugar de reposo, mi nardo despide su perfume”. Dice uno de los padres de la Iglesia que el nardo que estaba en la esposa no dio su perfume hasta que tocó el cuerpo del esposo.

Esta fragancia del Espíritu no siempre se percibe enseguida, como las mujeres que llevan el frasco sellado, para purificar el olor a muerte del sepulcro, se encuentran con la sorpresa, el ungido ya no necesitará del nardo perfumado.

Es posible que en nuestro compromiso cristiano deseemos ser el buen olor de Cristo, pero el peso que produce nuestro mundo civilizado, nos abruma, nos hace ver sólo los signos de muerte, que son tantos en nuestra sociedad: muerte de ancianos que quieren vivir, muerte de niños que quieren nacer, muerte de jóvenes que esperaban tanto de la vida, muerte en vida de las esclavitudes de nuestro tiempo: trata de personas, desaparición de mujeres, trafico de drogas e insistencia en despenalizar, sin crear nuevos centros de internación y prevención con inversión, agresión a la tierra, y el derecho a ella de familias y comunidades, desprotección de los recursos naturales, desigualdad extrema de posibilidades….



Levantando lo ojos vieron que la piedra estaba corrida y era muy grande

El camino de la Fe puede mas que las buenas intenciones, es capaz de correr la pesada piedra, el camino de la Fe nos compromete a vivir “la dimensión social de la fe”: la fe como una adhesión personal del hombre a Dios, es al mismo tiempo e inseparablemente, el asentimiento libre a toda voluntad que Dios ha revelado. Al referirnos “a lo social” hacemos alusión a la búsqueda del bien común, o sea el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, que hacen posible, a las asociaciones y a cada uno de sus miembros, el logro más pleno y más fácil de la propia perfección.



Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido de blanco y se asustaron

Al sepulcro se entra descalzos y despojados, lo contrario sería la figura del “cruzado” que arremete a caballo, arrasa y “conquista el sepulcro”. ¿Somos una Iglesia abierta o abroquelada en estructuras caducas como un antiguo sepulcro?

Nos puede asustar el desafío, como a las mujeres esta presencia del joven vestido de blanco, él es figura del hombre nuevo, del hombre con esperanza, revestido con la vida y la realeza del heredero de las promesas porque está “sentado al lado derecho”. Es el corazón de la vida que se abre y dialoga, socializa con las mujeres que entraron al sepulcro.

Reconocemos que muchos cristianos viven la fe sólo desde una dimensión individual y no siempre es asumida la “dimensión social de la fe”. Esta tentación del ejercicio de una fe hecha a mi “conveniencia” aún en el lícito deseo de santidad personal, no asume que la fe implica siempre los dos mandamientos: el amor a Dios y la apertura a los hermanos. Esta tentación podría ser: “doy cosas a los demás, o la limosna a un pobre, y no asumo la corresponsabilidad de implicarme en la difícil y costosa tarea de superar situaciones de inequidad e injusticia social.



No se asusten buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado ha resucitado, no está aquí.



Este miedo, este susto se repite hasta cinco veces en este pasaje, no pueden entender que de la oscuridad de la muerte pueda surgir el sol del resucitado-crucificado.

Nos puede parecer imposible que Dios mismo salga al encuentro de la mujer y del hombre de nuestro tiempo y nos proponga este anuncio de vida, de esperanza en medio de tanta desesperanza, de consuelo y alegría en medio de tanto desencanto y agobio.

Del anuncio del nazareno crucificado y resucitado nace el llamamiento dirigido a los discípulos y discípulas al anuncio del Reino.



Vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que El irá delante de ustedes a Galilea, allí lo verán, como les dijo.

El Evangelio nos dice que Jesús convoca en Galilea a los discípulos.

Galilea es el lugar donde Jesús ha vivido, se ha criado, ha orado, ha caminado sus calles y lugares, donde el discípulo hoy lo encuentra; pero es también la “galilea de los gentiles”, de los que no están en el rebaño, de los que no pertenecían a las “Ovejas del pueblo de Israel”..

“Galilea de los gentiles”, es decir los que no se preguntan hoy sobre la fe, los que viven prescindiendo del valor de la fe. El economicismo reinante lo cuantifica todo, el pensamiento se convierte en cálculo de razón, no tiene el concepto de la gratuidad (la gracia), por tanto será cuestionado todo lo que no es razonable, tangible y comprobable al pensamiento.

A este “ambiente” hoy se nos envía: “vayan y hagan discípulos míos a todas las gentes”, no se nos dice que tenemos un rebaño acotado, se nos pide la misionalidad de salir a la “Galilea de los gentiles”, que en el tiempo de Jesús era llamada así pues se la consideraba pagana, no creyente, en oposición cultual al pueblo elegido de Israel.



Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque se había apoderado de ellas el temor y el espanto y a nadie le dijeron nada, porque tenían miedo

Qué difícil es la Evangelización de la cultura, cuando se ha oscurecido el: Locus fidei, el lugar de la fe, donde somos llamados nosotros a ser en estos nuevos areópagos , los anunciadores del: Evangelium fidei, los que anunciamos la fe, los que la proclamamos y la vivimos en medio de este multiculturalidad , y donde necesitamos abrirnos a la interculturalidad .

Nos puede suceder que este temor y espanto tan humanos como narra el evangelista, nos cierren los oídos, para no escuchar, intenten enmudecernos para no anunciar. Pero el Espíritu del Resucitado puede hacer nuevas todas las cosas.

Al desearles una ¡Feliz Pascua de Resurrección! Quiero que tengamos presente nuestro lema diocesano y la tarea que venimos haciendo juntos en la pastoral diocesana planificada .

Que Jesús Resucitado por intercesión de la Virgen Maria, Madre y Reina de la Paz, nos haga escuchar como resucitados, el resuello de los adolescentes y jóvenes, que no conocen a Jesús, que andan abatidos, que se desangran por no tener una identidad, y nos sintamos comprometidos con la misión. Que abra nuestros ojos para ver sus aflicciones y pesares, y que este desafío desmesurado no desanime nuestra inquieta entrega creativa, constante y confiada.



Pascua 2012.- Mons. Jorge R. Lugones s.j.

Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora.-

lunes

Semana Santa! Semana del Amor!

2 de Abril: día especial en la Argentina

Hoy es día de merecido homenaje. Mis honores a los héroes! Nunca terminaremos de agradecerles! En la fecha habrá muchos reconocimientos para ellos. Por eso es que yo deseo rendirle homenaje también a los héroes cotidianos, los que día a día luchan por un país (un mundo?) mejor. Los que silenciosamente desarrollan su épica sin que se la comprenda, y al igual que a los veteranos de guerra, no siempre son reconocidos. Sus "Malvinas" son su familia, sus batallas perdidas se cuentan por miles, pero siguen dando pelea una y otra vez. Incluso seguirán luchando, aún cuando sepan que la guerra está perdida... El campo de batalla cambia de geografía, la calle, la oficina, al lado de la cama de un enfermo, un aula... El héroe anónimo sale cada día de la trinchera con sus armas: su corazón, su coraje, la conciencia de su limitación, su convicción... Nadie lo ve, pasa de batalla a batalla cual poesía incomprendida, hasta que ante la última estrofa quizá alguien diga: "luchó con dolor. vivió con pasión, disparó el perdón, dió la vida por amor, o por lo menos lo intentó"...
Hoy es día de merecido homenaje. A los del 82, y a los de todos los días, con lágrimas en los ojos les doy mi eterna gratitud...

domingo

Pido perdón... Eucaristía y separados en nueva unión.

Se acerca una nueva cuaresma... Tiempo de reflexión, de conversión... Y hoy quiero pedir perdón, no como un yo o un tu, sino desde un nosotros. Hace rato que lo sé y lo teorizo de modo crítico, pero en estos días lo vi en las lágrimas de buena gente que quiero... Y pido perdón como católico, a todos los que desean profundamente encontrarse con Cristo en la Eucaristía y no lo pueden hacer, pues los hombres no lo permitimos. Con argumentos afirmados desde una una lógica real, pero que no comparto, pues me pongo en los pies del otro (Jesús hizo algo de esto no?...). Pues no niego que hay situaciones "ideales" y las seguiremos presentando al mundo, pero la vida no es 1+1=2 (salvo que alguien sea un obtuso de escritorio y nunca haya puesto sus pies en el barro), y Cristo vino a proponernos un encuentro (o hay dudas de eso?) PARA TODOS! (O será sólo para vos que legislás para "fariceifasear" a puros e impuros: los que pueden encontrarse con Jesús y los que no). Algún día podremos corrernos o ser más transparentes para dejar traslucir la luz de Jesús. El mismo que llama al ciego considerado impuro (pecador), el mismo al que hacían callar los seguidores "puros" del maestro (Cfr. Mc. 10, 46-52) Y si me traen como argumento la carta primera de Pablo a los Corintios (Cfr. 1Cor.11, 17ss) ruego se profundice y se vea cuál era el contexto en el cual Pablo expresa preocupado el peligro de los abusos en la cena eucarística, y verán que lejos está aquella mezcla de paganismo y cristianismo incipiente, de la realidad a la que aplicamos el texto (los separados en nueva unión). Tengo un montón de cosas para pedir perdón desde el "Yo", no me corresponde pedir perdón desde el "Tu", pero hoy tengo ganas de pedir perdón desde el "Nosotros" que amo...

domingo

"¿Y dónde está Dios?": los devastadores terremotos sacuden la fe de los cristianos

Hace 2300 años, un filósofo griego llamado Epicuro se paseaba por las calles de Atenas planteando a la gente un terrible dilema, que todavía no hemos podido resolver. Epicuro decía: "Frente al mal que hay en el mundo existen dos respuestas: o Dios no puede evitarlo, o no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente. Y si no quiere, entonces es un malvado". Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.

Hoy, frente a los terremotos de Haití, Chile y Japón, el dilema de Epicuro sigue resonando como una bofetada en el corazón de millones de creyentes, que continúan preguntándose cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir que sucedan semejantes desgracias en la vida de los seres humanos sin intervenir ni ayudar.

En realidad Epicuro con su dilema no negaba la existencia de Dios; sólo quería apuntar a la misteriosa e inexorable existencia del mal en el mundo. Sin embargo su dilema ha llevado a mucha gente al ateísmo; y de hecho, así planteado, debería llevarnos a perder la fe, ya que resulta inadmisible que Dios, pudiendo evitar las calamidades que suceden, no pueda o no quiera hacerlo.

¿Cómo resolver el dilema?

En primer lugar, se debe evitar la tentación de atribuir el mal a Dios, como han hecho algunos predicadores religiosos. Por ejemplo Pat Robertson, el famoso tele-evangelista estadounidense, declaró públicamente que la verdadera causa del terremoto de Haití es un castigo divino porque los isleños hicieron hace años un pacto con el diablo. Semejante afirmación, además de ser ofensiva para Dios y para los haitianos, elimina nuestra responsabilidad humana. En efecto, por nuestra culpa muchos de los cataclismos naturales que padecemos afectan sobre todo a los más pobres. Porque donde ellos viven las casas están peor hechas, existen menos hospitales, hay menos médicos, menos bomberos, menos recursos, y menos prevención. Además, muchos terremotos, inundaciones y catástrofes tienen un origen en la irresponsable actitud del hombre, que viene destruyendo incesantemente la naturaleza. Por eso culpar a Dios de estos sucesos resulta insensato.

Además, si hay algo que Jesús ha dejado en claro es que Dios no manda jamás los males al hombre. Ya en el primer sermón que pronunció en su vida, llamado el sermón de la montaña, enseñaba que Dios "hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos". Es decir, Él sólo manda el bien incluso a los pecadores.

Para enseñar esto adoptó una metodología muy eficaz: comenzó a curar a todos los enfermos que le traían, y les explicaba que lo hacía en nombre de Dios, porque Él no quiere la enfermedad de nadie. Del mismo modo, cuando le pedían ayuda por alguien que había fallecido, jamás decía: "No; conviene dejarlo muerto porque ésa es la voluntad de Dios". Al contrario, lo resucitaba inmediatamente para enseñar que Dios no mandaba la muerte, ni la quería. Incluso un día sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: "Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?" (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son enviadas por Dios, ni son castigos por los pecados.

En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no era querido por Dios, ni era castigo por los pecados de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).

Todo esto vuelve inaceptable las declaraciones de los que, cuando sufren algún contratiempo o accidente, responsabilizan a Dios. El Dios cristiano jamás puede enviar ni consentir ningún mal, ni siquiera a los pecadores.

Pero aún cuando Dios no quiera el mal, el dilema de Epicuro sigue interpelándonos: ¿por qué no los evita? ¿No puede o no quiere?

En realidad el enigma del filósofo griego está mal planteado. No podemos decir que "Dios no puede impedir" el mal que hay en el mundo. Lo correcto es decir que "es imposible que no haya mal". ¿Por qué? No porque sea un misterio, como se responde a veces cuando se quiere evadir la cuestión y dejarla en penumbra para evitar una supuesta crítica a la actuación divina. No. El mal no es un misterio. Es inevitable, sencillamente.

Sería imposible la existencia de un mundo sin mal, por la simple razón de que el mundo es finito, limitado, precario. Dios no podía crear un mundo perfecto, porque lo único perfecto que existe es él. Todo lo demás que pudiera crear, resulta necesariamente limitado. Y a esa limitación le llamamos mal. Hablando hipotéticamente, Dios podría no haber creado este mundo. Pero si lo crea, tienen que ser necesariamente finito (si no, se crearía a sí mismo). De modo que la finitud, la imperfección, la carencia, la privación, estarán siempre presentes como parte de la naturaleza.

El mundo, como hoy está creado, tiene sus propias leyes que lo rigen de manera autónoma, y las inevitables condiciones de esa finitud hacen que Dios no las pueda manipular a su antojo, evitando permanentemente el mal, porque iría contra las leyes que él mismo puso. Por lo tanto, no es que Dios "no quiera" o "no pueda" evitar el mal, sino que simplemente el planteo carece de sentido. La idea de un mundo sin mal es tan contradictoria como la de un círculo cuadrado.

Pero entonces queda una pregunta: ¿valía la pena que Dios creara este mundo? Por supuesto que sí. Para el creyente, si Dios lo ha creado así, es porque valía la pena. Él por su parte, se compromete, acompaña y trabaja junto a los que luchan por erradicar el mal, por implantar la justicia, por sembrar la paz y fomentar la igualdad entre los hombres. A tal punto, que la salvación del hombre dependerá de si ha ayudado a Dios en obrar el bien: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber".

Dios quiere el bien, ama el bien y asiste a cuantos trabajan por el bien. Y nuestra tarea es colaborar con Dios para que cada vez haya más bien a nuestro alrededor, no reprocharle la existencia del mal. Como aquel hombre que le preguntaba a su amigo: "¿Vos rezas a Dios?" "Sí, todas las noches". "¿Y qué le pides?" "No le pido nada. Simplemente le pregunto en qué puedo ayudarlo".
Ariel Alvarez Valdés
(Extraído del diario Clarín del 10/03/10
RESULTADO DE ENCUESTAS ANTERIORES: