jueves

En el año de la Fe, mirémonos para crecer (III)


Eje “Alianza”

La Revelación de la que hablamos, no tiene un objetivo divino emparentado sólo con el conocimiento de respuestas a preguntas existenciales, sino que apunta a llevar a los hombres a una comunión con Él. A éste llamado de Dios a relacionarse de modo íntimo con Él, la Biblia la llama: Alianza. Dios le muestra al hombre a través de los tiempos cómo es Él y cuál es su voluntad para que sea posible un pacto de amistad, una comunión amorosa que lleve al hombre a la felicidad. Es decir que así como la Revelación se puede relacionar con la Verdad, la Alianza está sostenida por el Amor. La primera, tiene su sentido dirigido hacia la segunda. La Verdad revelada está en función de una comunión de Amor.
Pero ¿cómo está expresada esta Alianza en la Biblia? ¿Cómo se ve la progresión de la Revelación de la que hablamos anteriormente en el concepto “Alianza”? Y volviendo a objetivo central de este libro: ¿Cómo es “este Dios” que quiere hacer alianza con el hombre?
El Pueblo de Israel, a través de los acontecimientos vividos, llegó a esta certeza. Dios quiere hacer un pacto (berit en hebreo) con ellos. Llegan a esté convencimiento (el de un Dios que los salva y hace alianza con ellos) antes incluso a que lo descubran como “creador”. Para definir esta realidad trascendente (y por ende difícil de poner en palabras humanas), parten de las alianzas que conocen entre los hombres (acuerdos entre países hermanos[1], pactos de paz[2], de amistad[3], matrimoniales[4], etc.)[5]. Pero en todos estos casos, eran pactos entre iguales; y el de Dios y los hombres (que era el pacto que el pueblo quería expresar) evidentemente era entre partes desiguales. Quizá por este motivo, al narrar por escrito la alianza del Sinaí, se utilizó una forma literaria propia de los pactos humanos de “vasallaje”. Muy conocidos para los pueblos que sufrían en esa época numerosas guerras, invasiones y enfrentamientos entre sí. El rey vencedor (representando a su pueblo) ofrecía un pacto al rey vencido en lugar de la aniquilación total (o el pacto era pedido por el rey vencido ante la certeza de la inminente derrota). Cuando estas alianzas de vasallaje se ponían por escrito, tenían un orden y estilo literario que es el mismo que utilizó el pueblo de Israel para expresar la alianza del Sinaí[6]. Evidentemente que la relación entre Dios y su pueblo no era lo mismo que la de un pueblo que domina a otro. Pero los escritores sagrados encontraron en el estilo de los pactos de vasallaje, un modo de relatar algo que supera nuestra posibilidad de explicación con palabras humanas: ¡el Dios Todopoderoso poniéndose a nuestra altura para invitarnos a pactar con Él!
La Alianza del Sinaí, como complemento y culminación de la Pascua judía (la liberación del pueblo de la esclavitud egipcia) representa una realidad profunda y maravillosa, como su fórmula lo indica “Yo seré vuestro Dios y ustedes serán mi pueblo”[7] Un llamado a la comunión y a la intimidad que movió los corazones y motivó la fidelidad absoluta al Dios que salva. Pero al estar expresado en términos jurídicos (siguiendo el estilo de los pactos de vasallaje) tenía sus límites y peligros: que se caiga en una relación con Dios de mero cumplimiento, que se actúe por miedo a un castigo (maldición) o a la espera de una recompensa (bendición), que el pueblo judío crea que Dios y su acción salvadora es sólo para ellos (“exclusivismo”), que se piense que la salvación personal depende de nuestras acciones (no es Dios el que me salva sino uno mismo al cumplir con La Ley), que se divida a la gente entre los “benditos” y los “malditos” (con la consiguiente soberbia de algunos y la marginación de otros), y podríamos seguir citando… A esta altura y haciendo un paréntesis en el relato para volver a nuestros días, debiéramos preguntarnos: ¿Es ésta la máxima expresión de Dios en la Biblia? ¿Es este modo jurídico de relacionarnos con Dios, el que debe imperar hoy en nosotros?
Evidentemente, esta alianza no implicaba lo definitivo, era parcial y preparatoria para una nueva y plena (recordar lo dicho sobre la Revelación progresiva en el Antiguo Testamento), y los que percibieron esto fueron los profetas. Es así como la alianza entre Dios y su pueblo, en boca de los profetas se fue cargando de afectividad, perdiendo progresivamente su carácter jurídico y acercándose mucho a lo que Jesús nos mostraría. Sería largo enumerar todas las imágenes que nos regalan los profetas en textos hermosos. Aquí van algunas de ellas, a modo de ejemplo (y los invito a leer los textos citados para captar la belleza de lo expresado): Dios es como una Madre que no abandona[8], Dios es el Pastor y el pueblo su rebaño[9], Él es como un Padre que alza cariñosamente a su niño y lo pone contra su mejilla[10], como un esposo fiel que perdona la infidelidad de su esposa[11], y la lista podría seguir…
A su vez, el pueblo fue percibiendo (de modo especial como ya hemos dicho a través de los profetas en torno al doloroso exilio en Babilonia), que ante la infidelidad del pueblo la Alianza del Sinaí no alcanzaba para liberar al pueblo de su pecado, pero Dios sigue siendo fiel. Basados en la certeza de esta fidelidad divina, comienzan a anunciar una Nueva Alianza, de la cual la del Sinaí sólo fue una preparación. La “Ley” de esta Nueva y misteriosa Alianza estará dentro de cada uno, escrita por Dios en cada corazón, todos conocerán plenamente a Dios, que habrá perdonado a los hombres, de una vez y para siempre[12]. A través de esta Nueva Alianza, Dios nos purificará de tal modo que “nos arrancará el corazón de piedra y nos pondrá uno de carne”, infundirá su propio Espíritu en nosotros, y como muestra de su fidelidad (a pesar de la infidelidad del pueblo a la alianza del Sinaí), repetirá la frase ya nombrada anteriormente, que cual dulce letanía acompañó siempre la propuesta de la Alianza “Ustedes serán mi Pueblo y Yo seré su Dios”[13].
También es de notar que, a las profecías mesiánicas, que daban cuenta de que el Ungido[14] sería un Rey descendiente de David[15], se le agrega un matiz absolutamente novedoso, a través de un  personaje misterioso, un Siervo sufriente, un Servidor de Yahwéh[16]. Cuatro poemas o cánticos del “déutero-Isaías”[17] nos dejan este anuncio maravilloso que anticipa notablemente la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Más allá de la intención del autor en el momento histórico[18], los apóstoles aplicaron, cinco siglos después, estos textos a Jesús mismo[19]. El Salvador, no lo sería sólo para Israel: se proclama la universalidad de la salvación. Por otro lado, sin dejar de ser un Rey victorioso, su triunfo pasará por un juicio injusto, las torturas, el sufrimiento... Se lo consideraba castigado por Dios, cuando en realidad, por sus heridas éramos sanados. Será hundido en el polvo de la muerte, pero verá la Luz[20].
Uno que ya conoce la Alianza nueva y eterna que trajo Jesús, podría pensar que habría sido muy difícil para el pueblo judío de hace 2000 años atrás, pasar de golpe de una alianza de cumplimiento a una de amor cómo la que predicó Jesús. Pero dijimos que Dios se fue revelando progresivamente, y esa paciente pedagogía divina fue preparando al pueblo, acercándolo, a través de los profetas, a lo que Cristo traería. Sin embargo, gran parte del pueblo se aferró más al aspecto legal de la antigua alianza que a lo que los profetas predicaron. Y esto es palpable en los relatos evangélicos, tanto en el esfuerzo de Jesús por quebrar estas estructuras caducas e injustas, como en la dificultad de muchos en aceptar un mensaje que requiere un cambio de mirada hacia Dios y su relación para con nosotros.
Para entender la profundidad de la Nueva Alianza, habría que leer y comprender cada versículo de los evangelios, y aún así no llegaríamos a captar toda su hondura, pues Dios es inabarcable para nuestra capacidad humana. Uno supone que los lectores de este libro, conocen, en buena parte al menos, los relatos de los cuatro evangelios, pero de no ser así, los invito a leerlos y “gustarlos”, pues ellos les otorgarán por sí mismos mucha más luz que la que pueda aportar este humilde escritor (que lo único que hace es basarse en ellos).
Pero si bien es imposible en esta obra analizar en profundidad los mismos, podemos sacar algunas conclusiones tomando en cuenta el sello de la Nueva Alianza que Jesús formula la noche anterior a su muerte y realiza decididamente el día siguiente en la cruz[21].
El evangelio de Marcos[22] nos relata la última cena de Jesús con sus discípulos, en la cual, el Maestro realiza el enigmático signo de bendecir, partir y repartir el pan diciendo que es su Cuerpo, y lo mismo con la copa de vino, dando gracias y entregándola para que todos beban de ella diciendo que es su Sangre. Hasta aquí sus palabras resultarían absolutamente inentendibles, más allá de la utilización de signos ya conocidos por los judíos en el contexto de la Pascua[23], pero deja una pista clave para la comprensión: “Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”[24]. Es decir, este gesto de Jesús es la síntesis de todo lo que dijo e hizo en los años anteriores, es la conclusión de lo anunciado, lo que vino a traer: una Nueva Alianza. La misma será sellada con una Sangre que será derramada por muchos, hecho que ocurriría sólo unas horas más tarde…
En el texto paralelo del Evangelio de Mateo[25] vemos que se agrega al relato anterior que la sangre derramada por muchos es para el perdón de los pecados.
En Lucas[26] Jesús explicita que el Cuerpo que está invitando a comer, será entregado, volviendo a unir este gesto sacramental con lo ocurriría al día siguiente en su pasión. También lo instituye como memorial, pidiendo que se haga en memoria suya. Por último, hay un detalle no menor: el “para muchos” se hace más personalizado, convirtiéndose, en un directo y cercano “por vosotros”.
Juan no cuenta este hecho de la última cena (cuenta otros también importantes y significativos como el “lavatorio de los pies” o “el mandamiento del Amor” entre otros[27]), pero el que hace mención también de este momento es Pablo en la Primera carta a los Corintios[28]. Él explicita lo ya dicho con anterioridad, Jesús con su Sangre derramada “sella” la Nueva Alianza, que será proclamada cada vez que se realice este Memorial hasta que Él vuelva.
A esta altura, queda claro que en el “por vosotros” estaba cada uno de nosotros, la Nueva Alianza es de Dios hacia mí, es un Pacto de amistad propuesto por alguien que nos deja un testamento[29], nos convierte en herederos de su Perdón, de su Gracia, de su Amor hasta el extremo. Lo realizado por Jesús en la última cena, no es un rito con un contenido conceptual a aprender, implica una acción concreta que será llevada a cabo al día siguiente. Un Dios, que no sólo me llama amigo, sino que da la vida por mí[30]. Un Dios que se hace garante de la Alianza pues conoce mis infidelidades y la sella con su propia Sangre, por seguir fiel a su misión hasta el final. Un Dios que hace que mi corazón rebalse de Amor. Un Amor que no me puedo guardar, y si entendí todo lo que Jesús dijo e hizo hace dos milenios atrás, el mejor modo de retribuírselo es amando a los demás…
La reflexión apostólica del primer siglo profundizará el conocimiento de la Nueva Alianza[31], crecerá la certeza de la universalidad de la Salvación, siendo depositario (heredamos, custodiamos y transmitimos algo que no es de nuestra autoría, ni nos pertenece con exclusividad) de la misma el nuevo Pueblo de Dios[32]. Somos un Pueblo que no se proclama a sí mismo, sino que predica el Reino. Un Pueblo libre, por la ley del Espíritu[33], que nos hace llamar a Dios “Abba” es decir “Papá”[34], pues somos hijos de Dios y sus herederos, coherederos con Cristo[35]. ¡Enorme muestra de su Amor!, y con la promesa de llegar a ser, cuando se manifieste nuevamente, semejantes a Él, pues lo veremos tal cual es[36].
Somos la continuación de Cristo en la historia, para proclamar al mundo esta Alianza de Amor. Si por el contrario, proclamamos la Antigua Alianza (sólo mandamientos, Dios castigador, relación de cumplimiento con Él, buscando los premios y evitando los castigos, salvación por acumulación de méritos y no por gracia de Dios, separar el mundo en “los de adentro y los de afuera” es decir “los puros y los impuros”, discurso moralizante con ausencia de la Buena noticia, etc.) estaremos lejos de la hermosa vocación que Jesús le dio a su Iglesia[37]. En cambio, si nos convertimos testigos de su Evangelio, seremos profetas del sentido profundo que tiene la humanidad en Cristo, un Sentido que el mundo en general busca ardientemente aún sin saberlo. Sólo así, seremos, como dice el libro de Apocalipsis, una “ciudad santa”, una “novia embellecida para recibir a su Esposo”[38] y podremos “oír desde el cielo” “Ésta es la morada de Dios entre los hombres, Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, el mismo Dios estará con ellos. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, no dolor, porque lo de antes pasó”[39]. Y aquella antigua fórmula de la Alianza, que recorre transversalmente toda la Biblia “Yo seré su Dios, ustedes serán mi Pueblo” llegará a su máxima expresión, cargando de Amor y sentido cada una de nuestras vidas: “Ésta será la herencia del vencedor: Yo seré Dios para él y él será hijo para mí”.



[1] Cfr. Am. 1,9
[2] Cfr.  Gén. 14,13; 21,22ss; 1 Re. 5,26; 15,19; entre otros.
[3] Cfr. 1 Sam. 23,18
[4] Cfr. Mal. 2,14
[5] Para profundizar el recorrido bíblico de la alianza, sugiero consultar LEÓN-DUFOUR X. Vocabulario de Teología bíblica. Biblioteca Herder. Artículo “Alianza” pág. 59
[6] Estos pactos generalmente comenzaban con una “presentación del rey vencedor” y un “recuerdo de favores pasados” (Cfr. Éx. 20,2), continuaban con una serie de “cláusulas o normas” a cumplir, entre las cuales no debían faltar “el respeto y las lealtades al rey vencedor” (Cfr. Éx. 20,3-17), se “comunicaba al pueblo y éstos se comprometían” a viva voz a cumplir con lo pactado (Cfr. Éx. 24,3), se “ponía por escrito”, se realizaba un “ritual” y se erigía un “memorial” (Cfr. Éx. 24,4-8). También se escribían las “maldiciones” para el que no cumpliese y las “bendiciones” para el que respete la alianza (Cfr. Deut. 27, 14ss; Lev. 26,3ss.); y las “listas de los dioses” de ambos pueblos, como garantes de dichas maldiciones y bendiciones (esto obviamente no aparece en el relato bíblico pues es el único Dios verdadero el que se hace garante de la Alianza y su cumplimiento).
[7] Cfr. Gén. 17,7-8; Lev. 26,12; Jer.  31,33; Ez. 37,27
[8] Cfr. Is.49,14-15
[9] Cfr. Ez 34,11-16
[10] Cfr. Os. 11,1-4
[11] Cfr. Os. 2,16-19
[12] Cfr. Jer. 31,31-34
[13] Cfr. Ez. 36,22-28
[14] Mesías en hebreo, Cristo en griego.
[15] 2 Sam. 7,12-17; Ez. 34,23-24;  Is. 7,13-14; Is. 9,1-6; Is. 55,3; Miq. 5,1-3; Sal. 89(88),20-38, entre otras.
[16] Yahwéh (“YHWH” en hebreo antiguo, idioma en el cual fue escrito casi todo el Antiguo Testamento) era el nombre dado a Dios por el Pueblo, basándose en el 3º capítulo del libro del Éxodo.
[17] Los estudios bíblicos actuales dan cuenta de que el “Libro de Isaías” en realidad es la recopilación de 3 obras distintas: una anterior al destierro en Babilonia, otra durante el mismo y otra posterior. El llamado “déutero-Isaías” (déutero = segundo) está ubicado en el centro del libro tal cual hoy lo tenemos y abarca los capítulos 40-55. Es entonces en el contexto del Exilio que aparece anunciado el personaje en cuestión: el Servidor del Señor.
[18] Se sigue analizando si el autor pretendía hablar de sí mismo, o de algún otro, aunque también es muy aceptada la opción de que esté refiriéndose al pueblo elegido personificado.
[19] Cfr. Mt. 12,15-21; Hech. 3,26; Hech. 4,27-28; Hech. 26,23; 1 Pe. 2,22-25; Flp. 2,6-11
[20] Cfr. Is. 42,1-9; 49,1-9; 50,4-11 y 52,13-53,12
[21] Hoy denominados por la tradición cristiana Jueves y Viernes santo.
[22] Marcos fue el primero en poner por escrito el Evangelio, más allá de que aparezca ubicado en segundo lugar en el orden de los Libros sagrados del Nuevo Testamento. Para muchos, Mateo y Lucas se habrían inspirado en él (junto con otra fuente perdida denominada “Q” y fuentes propias), para elaborar sus posteriores obras.
[23] La utilización de los panes ácimos (sin levadura) y la sangre del cordero (u otro animal de ganado) sacrificado, tienen sus raíces en los orígenes del pueblo aún antes de la celebración de la Pascua judía, pero es sin dudas en ésta, en la que logran un valor simbólico indeleble.
[24] Mc.14,22-24
[25] Mt. 26,26-29
[26] Lc. 22,19-20
[27] Cfr. Jn. 13,1-17,26
[28] 1 Cor. 11, 23-26
[29] El Nuevo Testamento fue escrito en griego (el Antiguo en su mayoría en hebreo), el término hebreo para designar la Alianza en el Antiguo Testamento como ya dijimos es “berit”, en el Nuevo el vocablo griego utilizado es “diatheke” que si bien sigue significando un pacto o alianza, implica a alguien que dispone de sus bienes, es decir algo que es dejado en herencia, un “testamento”.
[30] Cfr. Jn. 15,13-15
[31] O la comprensión progresiva de la Revelación ya dada, con la asistencia del Espíritu Santo (según donde situemos el término de la Revelación pública, que para la Iglesia es con la muerte del último de los Apóstoles).
[32] Cfr. 1Pe. 2,1-10
[33] Cfr. Rom. 8,1-2
[34] Cfr. Rom. 8,15
[35] Cfr. Rom. 8,16-17
[36] Cfr. 1 Jn. 3,1-2
[37] Cfr. Heb. 8,6-7
[38] Cfr. Apoc. 21,1-3a
[39] Apoc. 21,3b-4

En el año de la Fe, mirémonos para crecer (II)


Tratando de iluminar la situación con la Buena Nueva

Lo que creemos:

La búsqueda religiosa del hombre

Comenzamos la sección anterior diciendo que la gente busca respuestas en el más allá. Esto, en sí mismo no es malo. Podríamos decir que por el contrario, es algo que permite al hombre encontrarse con Dios. Todo hombre, en todo tiempo y lugar ha demostrado siempre una búsqueda de respuestas a sus preguntas existenciales. El último Concilio ha dejado escrito ejemplos de estos enigmas recónditos de la condición humana: “¿Qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido y qué fin tiene nuestra vida?, ¿qué es el bien y el pecado?, ¿cuál es el origen del dolor?, ¿cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?, ¿qué es la muerte?...”[1] Todas las culturas, hasta las más primitivas, han buscado en el más allá (las “fuerzas ocultas”, la “madre tierra”, los “astros” y otros “dioses” que encarnaron la religiosidad de los distintos pueblos) esas respuestas que no podían dar los hombres. Es una característica innata de la condición humana, por eso aparece en todo tiempo y lugar (incluso los “ateos” se hacen estas preguntas existenciales). Es algo propio (y exclusivo) del ser humano. Si se la tiene desde el nacimiento, quiere decir que esta característica fue puesta por Dios en el corazón del hombre para que lo busque a Él. ¿Por qué?, evidentemente porque Dios quiere que encontremos respuestas a las preguntas existenciales de las que hablamos antes. ¿Para qué?, para que al encontrar la verdad, el hombre halle el sentido de su vida y, por ende, la felicidad. “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”[2].
Dicho de otra manera, esta búsqueda religiosa del hombre es querida por Dios, porque Él desea nuestra felicidad. Si esta característica no encuentra al Dios verdadero, tiene el valor de la búsqueda, pero se quedará en respuestas erróneas, pensamientos mágicos, inquietudes no resueltas, que derivarán en creencias infantiles. Éstas, a su vez, pueden generar, tarde o temprano, profundas crisis de fe.
Ahora bien, si Dios quiere que el hombre busque respuestas, lo lógico es que de algún modo se las brinde, pues de lo contrario estaríamos ante “un dios sádico”, que nos incita a buscar algo que nunca nos va a dar… ¿Cómo responde Dios a nuestras preguntas más profundas? ¿Es posible para el hombre la felicidad?...

La Palabra de Dios como respuesta

Tiempo atrás, propuse una encuesta a través de un blog para catequistas[3], ante la pregunta: “¿Por qué creen que la Palabra de Dios no siempre es recibida como Buena Noticia?” las opciones más elegidas fueron las siguientes: “Los que la valoramos no damos buen testimonio” (fue la más votada), le siguió la opción “Ha sido mal trasmitida”, luego “Hay mucho desconocimiento”, y otro porcentaje considera que “Se la toma como un conjunto de normas morales a cumplir”. Más allá de la relatividad y las limitaciones que tienen este tipo de indagaciones, es de notar que las respuestas están dadas por catequistas (o más bien por agentes de pastoral en general), hecho por el cual se cargan de significatividad, más allá de la parcialidad de la información obtenida. Creemos que la respuesta a gran parte de los interrogantes propuestos en al primera sección del libro, deben surgir de una correcta interpretación de la Palabra de Dios. A esto nos abocaremos de ahora en más, sin pretender abarcar la totalidad de posibilidades de abordaje del tema, sino intentando llegar desde la reflexión de la Buena Nueva hacia la vida de cada uno de los lectores. Lo haremos a través de algunos “ejes” que nos ayudarán a seguir planteándonos cómo es realmente Dios…


Eje “Revelación”

Unas líneas más arriba nos preguntábamos si es posible la felicidad para el hombre. Si la relacionamos con la “alegría constante” es obvio que es imposible, pues nadie puede estar permanentemente alegre. Pero si la relacionamos con el sentido que le damos a la vida, es absolutamente posible. Es decir, podemos estar circunstancialmente alegres o tristes, pero si no perdemos el Sentido de la vida seremos felices más allá de las lágrimas o las risas eventuales (Jesús lloró ante la tumba de su amigo, o en Getsemaní, pero nunca dejó de ser feliz, pues obviamente para Él la vida, e incluso el sacrificio y la muerte por seguir un ideal, tenían sentido).
Entonces solo resta saber cómo encontrar el Sentido de la vida. Pues bien, al hablar de la búsqueda del hombre de la Verdad, el Sentido y la Felicidad, nos preguntábamos: ¿de qué modo responde Dios a nuestras preguntas existenciales? Y he aquí una de las claves esenciales para comprender las Sagradas Escrituras: la Revelación.
El hombre puede solo por su razón, y por distintas vías, descubrir que un Ser superior debe existir[4], pero no tiene manera de saber cómo es ese “Alguien” supremo o qué quiere de nosotros. Salvo que Él mismo lo quiera revelar. Y Dios quiso revelarle al hombre el misterio acerca de Sí mismo y de su voluntad[5]. Por algo creó a alguien que, por ser imagen de Él, es capaz de descubrirlo y amarlo.
Ahora bien, si nosotros (que somos humanos e imperfectos) sabemos que las cosas se enseñan de a poco, ¡cuánto más Dios! Si nosotros sabemos que a un niño de 3 años no se lo instruye de igual modo que a un adolescente de 15, ¡cómo vamos a esperar que Dios mismo no sepa esta regla pedagógica básica y nos quiera revelar todo de golpe! Por eso creemos que Dios fue revelándose progresivamente, fue “quitándonos el velo” acerca de su voluntad, esperando nuestros tiempos, de acuerdo al modo en que el hombre podía ir entendiendo semejante misterio de Amor. Tomando pacientemente todo el tiempo que fuera necesario (recordemos que Dios está más allá del tiempo, y que éste es una creación en función del hombre) para contarnos “cómo es Él y que quiere de nosotros”. Dejando para el momento culmen de su obra reveladora, hablarnos a través de su Hijo, mostrándonos de manera plena la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre en la misma persona de Jesucristo, verdadero Dios y Verdadero Hombre. Dice al respecto el autor de la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo”[6]
En la época del Israel del Antiguo Testamento, la Revelación fue progresiva, respetando la capacidad gradual del hombre para ir comprendiéndola. Es por eso que, como citamos en la primera sección, encontramos muchos textos que hablan del castigo, de la ira, e incluso de la venganza de Dios. La Toráh (la Ley o el Pentateuco) dice “…porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación…”[7]. Pero es la misma Biblia, en el Nuevo Testamento la que dice “… porque Dios es Amor”[8]. ¿Por qué esta aparente contradicción dentro de las Sagradas Escrituras? ¿Dios era de un modo antes y después cambió? Por supuesto que no (pues si cambiara no sería Dios). Nuestro Señor fue siempre de la misma manera. Es el modo en el que lo fueron comprendiendo los hombres lo que cambió. La Biblia en sus autores humanos, no tiene más ciencia que la de la época en que fue escrito cada libro. Cada hagiógrafo (escritor sagrado) iba volcando en su libro la creencia de Dios en el estado o etapa en el que se encontraba la Revelación. A través de ellos Dios se fue revelando progresivamente en el Antiguo Testamento. Pero al llegar Jesús, la Revelación llegó a su plenitud. Ahora sí podemos saber cómo es Dios y qué quiere de nosotros, pues Él mismo entró en nuestra historia para contárnoslo. Todo lo que necesitamos para nuestra Salvación, para que nuestra vida tenga sentido, Dios ya lo ha revelado en Jesucristo. Por eso, no es lo mismo lo que leemos de Dios en el Antiguo Testamento (cuando la Revelación era progresiva), que lo que contemplamos en el Nuevo Testamento (donde la Revelación ha llegado a su plenitud en Jesús). Al descubrir este proceso, nos quitamos por completo los cuestionamientos que nos generan algunos textos del Antiguo Testamento, pues si se quiere ver ciertamente “cómo es Dios” habrá que recurrir al Nuevo. De cualquier modo es edificante ver cómo un Pueblo supo leer su historia a la luz de Dios. Y cómo Él no se apresuró, sino que pacientemente fue preparando la venida de su Hijo respetando los tiempos de los hombres. Es por esto que leemos con pasión los textos del Antiguo Testamento, aunque la Verdad plena nos llegará en el Nuevo.
Es muy gráfico para entender este proceso pedagógico progresivo de Dios, el concepto de pureza e impureza del Antiguo Testamento. No existía, en los tiempos del Israel bíblico, por razones obvias, los avances en medicina que existen hoy. Cuando no se tenía explicación acerca del motivo por el cual una persona sufría determinada enfermedad, se la atribuía a Dios. El razonamiento podemos imaginarlo así: si Dios es justo, y le está enviando este sufrimiento a este hombre, es porque sin duda ha pecado, esta “impuro”. Si ya nació con la enfermedad (por ejemplo una ceguera de nacimiento), entonces habrán pecado sus ancestros, pues Dios no va a mandar una enfermedad así por que sí... Esta forma errónea de pensar dividía injustamente a los hombres entre “impuros” (considerados pecadores castigados y despreciados justamente por Dios) y los “puros” (por ejemplo los “sanos”, como signo evidente de la bendición de Dios). Es por este modo equivocado de entender a Dios y al hombre que aparecen textos del Antiguo Testamento en el que se habla del Dios castigador y su ley implacable para con los hombres. La Ley dirá, por ejemplo, “La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando “¡Impuro, impuro!”. Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.”[9]. Es decir que, además de sufrir la enfermedad, debía sentirse castigado por Dios y humillado por los hombres. También hay que acotar que nadie podía entrar en contacto con un impuro, pues se “convertía” en otro impuro.[10] Es evidente el desprecio, la marginación y la discriminación que generaba en el pobre enfermo este tipo de leyes (que para los judíos de la época era la máxima expresión de Dios).
Este proceso progresivo de Revelación de la verdad por parte de Dios, irá modificando este modo primitivo e injusto de interpretar la fe. Esta pedagogía paciente de Dios, se verá más clara aún cuando hablemos más adelante del “eje Alianza”, pero adelantemos algo... Con la triste experiencia del exilio como trasfondo histórico[11], la predicación de los profetas irán acercando los conceptos a lo que tiempo después traería el propio Jesús. Es así como se empieza a cambiar la idea absurda de que estamos sufriendo algún castigo por lo que pudieron hacer mis padres, mis abuelos, etc. Se comienza a hablar de la responsabilidad individual de nuestros actos. Jeremías, por ejemplo,  desmiente un refrán popular que metafóricamente demuestra el concepto erróneo de ser víctimas de faltas que cometieron otros: “En aquellos días no se dirá más: Los padres comieron uva verde y los hijos sufren la dentera”[12]. Ezequiel por su lado reafirma lo dicho por Jeremías “Ustedes preguntarán: “¿por qué el hijo no carga con las culpas de su padre?”. Porque el hijo practicó el derecho y la justicia, observó todos mis preceptos y los puso en práctica, por eso vivirá”[13]. Pero además de remarcar la responsabilidad individual, van mostrando la imagen de un Dios que no quiere la muerte del pecador sino su conversión: “Pero si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido… seguramente vivirá… ¿Acaso deseo yo la muerte de pecador –dice el Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva?”[14]; un Dios dispuesto al perdón: “Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado”[15]
Aunque la novedad absoluta la transmitió Dios mismo encarnándose en nuestra historia. Jesús nos trajo la plenitud de la Revelación. Nos muestra a un Dios que es (como ya he nombrado) como un Padre que está esperando en la puerta la vuelta del hijo que se alejó[16]. Un Dios que, para defender al “impuro” del juicio de los supuestos “puros”, dice que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”[17]. Que nos libera de pensar que solo sufren los malos[18], pues la naturaleza y la historia no está determinada por Dios sino que tiene su propia autonomía.[19] Jesús nos trae la imagen de un Dios que nos urge a la conversión, que no quiere el pecado, que impulsa a luchar contra las injusticias, pero que también es capaz de dar la vida por sus amigos. El Dios que nos muestra Cristo no nos evita mágicamente el sufrimiento y la muerte[20], pues de ese modo no seríamos libres, pero le da a ambos un sentido salvífico y único, a través de su pasión, muerte y resurrección.
Volviendo al ejemplo anterior de las leyes de impureza presentes en la Toráh, podemos ver claramente cómo Jesús rompe con las estructuras caducas y las mentalidades cerradas casi sin emitir palabra. En el evangelio de Marcos[21], nos encontramos con un leproso que sin haber advertido a los demás su presencia con el grito “¡impuro, impuro!” que le imponía la ley, apareció imprevistamente al lado de Jesús y de los que siempre lo rodeaban. Quebrantó una ley injusta, pues sintió que era la oportunidad de su vida. Pero lo curioso está dado por la actitud del Maestro. Los que estaban con Él se habrán escandalizado al ver que Jesús no condenaba a este impuro por su actitud, sino que, por el contrario, entraba en diálogo con él. Y ante el pedido confiado de sentirse puro, Jesús lo cura, pero lo hace tocándolo a la vista de todos. Lo prohibido por la “ley de Dios” (tocar a un impuro, pues si lo hacías te convertías en uno de ellos), era permitido y deseado por el enviado del mismo Dios. Evidentemente, no hay ingenuidad en el accionar de Cristo, con un solo gesto está cambiando una visión distorsionada de Dios, que influía negativamente en el modo de vivir la fe del pueblo. Y éste es sólo uno de los tantos ejemplos que se pueden dar.
Jesús llevó la Revelación a su plenitud. Todo lo que necesitamos para nuestra salvación ya fue revelado. Por supuesto que siempre habrá misterios, pues Dios es inabarcable, por esto San Pablo dirá: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente, después veremos cara a cara.”, pero no quedan dudas sobre cuál es el camino para alcanzar el sentido de la vida, y por ende la felicidad, pues Jesús mismo es “…el Camino, la Verdad y la Vida”[22]
El de la Iglesia, es el tiempo (nuestro tiempo), de la comprensión progresiva de la Revelación que ya fue dada en plenitud por el Hijo de Dios. El Espíritu Santo nos asiste para comprenderla, aplicarla a la realidad que nos toca vivir, prestando atención a los signos de los tiempos. Por ejemplo: Jesús no habló de la adicción a la cocaína, ni del calentamiento global o el capitalismo salvaje, pues no existían en el tiempo de su predicación, sin embargo, como Iglesia debemos dar respuesta a las nuevas situaciones que se van dando en el devenir histórico concreto. Tampoco hay una enumeración de las dificultades concretas que cada uno de nosotros debe enfrentar en la vida, con las consiguientes recetas para las soluciones. Pero es partiendo desde la Revelación que nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo en nuestro lugar? Tamaña responsabilidad hay que vivirla con muchísima prudencia y humildad, sabiendo discernir muy bien lo que es voluntad humana y Voluntad divina, no pretendiendo interpretaciones o “iluminaciones” individuales, sino buscando siempre la reflexión en comunidad, pues la Iglesia lo es esencialmente.
Por eso, nunca debemos separar la fe de la vida concreta, pues Cristo nunca lo hizo, y me quedo con una frase de Monseñor Angelelli “Hay que tener un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio”…[23]



[1] CONCILIO VATICANO II Nostra Aetate 1
[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA 27
[3] www.somoscatequistas.blogspot.com
[4] Cfr. Rom. 1,19-20; Sab. 13,1-9
[5] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum 2
[6] Hb. 1,1-2
[7] Éx. 20,5
[8] I Jn. 4, 8
[9] Lev. 13,45-46
[10] Cfr. Lev. 5,3
[11] Ante la muerte de Salomón (-933), el pueblo elegido se dividió en: Reino de Israel al norte (con capital en Samaria) y Reino de Judá al sur (con capital en Jerusalén). El Reino del Norte cayó en manos de los asirios en el -722 y el del sur sufrió un asedio de parte de los babilonios desde el -598 y cayó definitivamente en el -586. Muchos fueron deportados a Babilonia y la dolorosa experiencia del exilio duró hasta que los persas dominan e invaden los territorios, y Ciro, mediante un edicto, permite el retorno de los exiliados (-538).
[12] Jer. 31,29
[13] Ez. 18,19
[14] Ez. 18,21-23
[15] Jer. 31,34c
[16] Cfr. Lc. 15,11-32
[17] Cfr. Jn. 8,1-11
[18] Cfr. Lc. 13,4
[19] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO “Documento de Puebla” Nº 308
[20] Cfr. Jn. 15,18-27
[21] Mc. 1,39-45
[22] Jn. 14,6
[23] Enrique Angelelli, Obispo argentino, nacido en 1923 y asesinado en 1976 por ser fiel a sus convicciones.

En el año de la Fe, mirémonos para crecer


El pensamiento mágico en los cristianos

-¿Qué hice yo para merecer esto?- Frase muchas veces escuchada. La misma supone: un castigo por algo malo realizado, una pregunta desgarradora o una queja porque a dicho castigo se lo considera injusto. Pero, en última instancia, ¿a quién va dirigida la frase? ¿Está Dios detrás de este “castigo”?...
Es frecuente percibir en la gente la búsqueda de explicaciones en el “más allá” a las cosas que les sucede. Sean buenas o malas. El pensamiento mágico o la cultura del milagro son característicos de esta época que nos toca transitar. Pero es de notar cómo los cristianos no escapan de este modo de vivenciar los hechos de la vida. Como expresión de la denominada “piedad popular” (sobre todo en América Latina) muchos hacen promesas pidiendo para sus vidas la intervención directa de María[1] (generalmente a través de alguna de las advocaciones) o algún “santo” (a veces los declarados por la Iglesia, otras no tanto[2]). Los que pudieron dar algún pasito más en la fe, en muchas ocasiones creen que todo (o casi todo) lo que nos ocurre, es acción directa de Dios. Sea para premiarnos, castigarnos, ponernos a prueba, o vaya a saber uno por qué. “Si Dios así lo quiso por algo será” se los escucha decir. El Dios en el que creemos, influye directamente en el modo en que lo celebramos y de modo especial en el estilo de vida. Por eso, ante la certeza de estar ante un tema no menor, me permito preguntar: ¿es ésta la manera de vivir la fe del cristiano? ¿Es esto en lo que creemos realmente?

El “Dios castigador” basado en la Biblia

Para muchos esto ni se discute. Incluso se puede afirmar apoyándose en distintos textos bíblicos. Ejemplo de ello, son los que nos narran cuando Abraham[3] o Job[4] son puestos a prueba por Dios, o incluso las leyes de impureza presentes en el Pentateuco[5], la ley del “talión” impuesta por “el mismísimo Dios” al pueblo (ojo por ojo y diente por diente)[6] y tantos otros relatos que citan la “ira de Dios” o la “venganza hacia los impíos”[7]. ¿O no es cierto acaso que el libro del Éxodo habla claramente de un Dios celoso y castigador, cuyo enojo por nuestro pecado lo seguirán sufriendo nuestros hijos, nietos, bisnietos…?[8] . El que castiga sin titubear en el jardín del Edén, es el mismo Dios[9], que “tiempo después” es capaz de enviar un diluvio universal para que mueran los pecadores (incluidos niños, ancianos, embarazadas…)[10]. Todo parece indicar que los que creen en un Dios castigador tienen fundamentos fuertes para hacerlo…

Expresiones cotidianas

Este modo de entender la relación con Dios (basado en el pensamiento mágico o a la espera de castigos y recompensas) se ve reflejado tanto en expresiones oídas cotidianamente como en el modo de encarar la vida. Vamos primero con las frases. Algunas de ellas son: “Si le pasó eso, por algo será”, “Dios castiga sin palo y sin rebenque”, “Dios sabe por qué se lo llevó”, “Si hay un Dios, fulano no se la va a llevar de arriba”, “si faltas a misa algún domingo estás en pecado mortal”, “¿Cómo se atreve a entrar a la Iglesia? Todos conocemos su historia…”. Todas ellas reflejan la creencia en un Dios intervencionista, que castiga a los malos y premia a los buenos ya en esta vida. Y nuestra actitud suele tornarse también severa en el juicio hacia los demás.
Décadas atrás, los Obispos latinoamericanos reunidos en Puebla, al analizar las visiones inadecuadas del hombre, decían: No pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios”[11]. Este modo de creer en muchos seguidores de Jesús ¿es parte de la fe que profesamos? ¿Se desprende esto de lo dicho y hecho por Él?... Por otro lado, ¿no estaríamos negando nuestra libertad? Pues está claro que creemos que Dios nos dotó de inteligencia y voluntad libre… ¿y entonces?... ¿Por qué muchos hombres se inclinan a creer en un Dios que nos “maneja de arriba” a modo de un enorme “tablero de ajedrez”[12] o como un “gran titiritero”, o un “gran programador” que hace que nuestro “disco rígido” nos haga actuar de determinada manera? Estas dos creencias juntas, a su vez serían contradictorias, pues si estamos programados por Dios (destino escrito), no tenemos responsabilidad por nuestros actos, por ende no cabría ningún castigo o premio, pues sería una enorme farsa.

Influencia en la vida concreta

Además de escuchar frases que reflejan este modo confuso de creer y de relacionarse con Dios, se nota también (a veces dolorosamente) en situaciones de vida. Aquí van algunos ejemplos tomados de la vida real:
Caso 1: Fallece trágicamente un niño. El dolor es enorme. Todos quisieran calmar el dolor de esa madre que llora lo irremediable y no encuentra consuelo. Alguien de la parroquia le dice (con toda su buena intención) “Dios lo necesitaba allá arriba, por eso se lo llevó, acepta la voluntad de Dios” (a veces se introduce la variante de “necesitaba un angelito”).
Planteo: aunque la intención sea buena, ¿puede alguien arrogarse el conocimiento tan puntual de la voluntad de Dios? ¿Puede ser la voluntad de Dios algo tan doloroso? ¿No se corre el riesgo de poner a Dios en la vereda contraria a nuestra felicidad?
Caso 2: Una adolescente perdió su fe. Desde pequeña le habían enseñado que Dios “te da lo que vos le pedís” (con un “si te portas bien” como condición). Por eso ella, al enterarse del cáncer de su abuelo, no dudó en pedirle (como buena chica creyente) a Dios, que su ser querido se curara pero, de no ser posible, que por lo menos no sufra. Su abuelo murió luego de meses de sufrimiento…
Planteo: ¿No se corre el riesgo, al trasmitir de ese modo la fe, de dejar anclada a la persona en una religiosidad infantil? ¿Es “el Dios del intercambio” para lograr gracias especiales (yo doy mi bondad, él me da el milagro) el Dios en el que creemos?...
Caso 3: Una mujer ofrecía el grandioso servicio de dar catequesis carcelaria en un penal de mujeres. Ella creía, por otro lado, en que el amparo de Dios por trabajar por su Reino con semejante tarea la iba a proteger de todo mal. Un día, yendo hacia el seminario catequístico una pareja le robó la cartera. Al llegar, con ganas de llorar y de volverse a su casa, expresó que nunca más volvería a dar catequesis a gente que no vale la pena…[13]
Planteo: ¿Dios ampara de un modo especial a los que “trabajan por su Reino” a través de alguna Institución o Movimiento eclesial? ¿Debería hacerlo? Dicho de un modo más infantil: “los suyos” ¿tenemos alguna especie de protección contra los problemas que “los demás” no tienen? Cuando hablamos de Dios, ¿Quiénes son “los suyos” y quiénes “los demás”? Si dividimos el mundo en buenos y malos, ¿Nos atrevemos a ponernos del lado de los “buenos”? Cuando en la época de Jesús los “religiosos” judíos dividían al pueblo en “puros” e “impuros” Jesús afirmó que Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.[14] Entonces ¿qué diremos? ¿Da lo mismo para Dios ser justo que injusto? ¿Qué habrá querido decir?...
Caso 5: Un matrimonio en un retiro daban testimonio de la cura milagrosa de su hijita cuando los médicos ya no sabían que hacer. Emocionaba escucharlos arengar a los oyentes de su charla a confiar en la oración que produce milagros…
Planteo: Si bien es valioso este tipo de testimonios ¿qué les decimos a los padres de tantos otros niños que en circunstancias similares (incluyendo la oración de sus padres y de todos los seres queridos) no logran escapar a la muerte? ¿No serían merecedores del milagro como aquél matrimonio? ¿Habrán fallado en su fe, o en su oración? ¿Dios les evitó a esos niños males futuros que sólo Él conocía? ¿No podía evitar esos “males futuros” sin generar semejante sufrimiento en esos padres? “Él sabrá por qué lo hizo”… se escucha decir… ¿El fin justifica los medios? ¿Es Dios la causa de esas muertes?...
Sintetizando: podríamos seguir citando frases o casos de la vida real en los que se intuye un modo de concebir a Dios que no es el que Él mismo reveló. Estas maneras distorsionadas (e incluso contradictorias) de relacionarse con el Señor se pueden resumir, a mi entender, en básicas creencias erróneas a superar, estos son solo algunos ejemplos:

Dios…
… cumple mis pedidos directamente o a través de “mediadores” a cambio de alguna promesa…
… determina nuestro destino de antemano…
… nos pone a prueba para ver como respondemos…
… castiga a los malos y protege a los buenos…
… utiliza el milagro como regla de su accionar para con nosotros…

Nos preocupan las consecuencias que tienen, para la vida concreta de las personas, estos conceptos. Pues no es lo mismo andar por la vida creyendo que Dios está observándome para castigarme al primer traspié, que confiando en un Dios que es como un Padre, que está esperando en la puerta de su casa la vuelta de su hijo[15]. No se encara la vida del mismo modo si, haga lo que haga, mi destino ya está escrito, o si estoy dotado por Dios de libertad responsable y por lo tanto soy artífice de mi propio destino. La adhesión de la fe no es la misma si estamos esperando que Dios nos evite todo mal, o si creemos que Dios nos acompaña ayudándonos a sacar algo bueno de lo malo, aún de las peores “cruces”. La motivación moral no es la misma si “tratamos de ser buenos” por miedo a un castigo o por “merecer” una recompensa, que si buscamos vivir en el amor pues hemos descubierto en nuestras vidas el Amor.
Muchas preguntas para esta primera sección del libro. Invitamos a que ustedes se hagan más aún. No para perder la fe, sino para renovarla. No para caer en una moral “light” de la que se habla tanto en estos tiempos, sino para fortalecer profundamente la motivación de una ética de compromiso con el mundo que me rodea, pero basada en el Amor y no en el cumplimiento.
Si a esta altura, querido lector, has superado la tentación de arrojar este libro contra la pared, estás en camino de encontrarte con otra posible mirada. Si no lo has logrado y el libro yace desparramado en el piso, has hecho uso de tu libertad (pero confiamos en que en algún momento lo levantarás) Si te estás durmiendo, descansa un ratito antes de volver a arrancar (si lo deseas, con el libro abierto tapándote el rostro), pues lo que se viene habla del Dios en el que creemos, que como estamos viendo, no está separado en los más mínimo de nuestras vidas concretas.
En el siguiente bloque intentaremos expresar de modo sencillo, algunos conceptos básicos de nuestra fe que dan, a nuestro entender, luz a todas las cuestiones planteadas. Los invitamos a seguir pensando juntos…










[1] Cabe aclarar que aquí no se está hablando de la “Intercesión”
[2] Basta observar algunas devociones populares. Algunos ejemplos en la Argentina son (entre otras) las referidas al “Gauchito Gil” o la “Difunta Correa”.
[3] Cfr. Gén. 22,1-19
[4] Cfr. Jb. 1, 6-12
[5] Cfr. Lev. cap. 11 y ss.
[6] Cfr. Ex. 21,24
[7] Cfr. Deut. 9.8; Esd. 9,14; Ez. 20,13b; Col. 3,6; Rom. 1,18; Ef. 5,6
[8] Cfr. Éx. 20,5
[9] Cfr. Gén. 3,14-24
[10] Cfr. Gén. caps. 6-9
[11] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO “Documento de Puebla” Nº 308
[12] Cfr. BORGES, Jorge Luis. Poema “Ajedrez” del libro “El Hacedor” 1960.
[13] El ejemplo merece toda una meditación social acerca de la pobreza, la delincuencia, la motivación profunda de un catequista carcelario y demás cuestiones que no haremos, no porque no tenga importancia, sino porque no responde a la intención de este libro.
[14] Cfr. Mt. 5,45
[15] Cfr. Lc. 15,11-32

martes

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